"Las ideas son menos interesantes que los seres humanos que las inventan" FranÇois Truffaut

viernes, noviembre 14, 2014

Interstellar, la filosofía

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Interstellar, la última de Nolan, se ha hecho famosa más bien por el batiburrillo científico que constituye su armazón, de la mecánica cuántica a la relatividad pasando por los agujeros negros y los viajes en el tiempo. Pero como suele suceder en la ci-fi, lo científico no es más que una excusa para lo filosófico.  En este caso, fundamentalmente la Tierra, la ejemplaridad, la mortalidad y la familia como núcleo de lo social humano.  Todo ello envuelto en una grandiosidad enfática más cercana a la espiritualidad rocambolesca de El árbol de la vida de Terrence Malick que a la abstracción analítica de Kubrick en 2001, al pseudomisticismo de Prometheus que a la alegoría psicoanalítica de Planeta prohibido.

La Tierra es un planeta en el que hay mucha más agua que tierra.  La denominación apunta a nuestro natural especismo, esa comprensible manía antropomórfica que nos hace pensar en el planeta como una propiedad privada puesta a nombre de la humanidad.  Sin embargo, al mismo tiempo que sentimos que es "nuestra" también percibimos que hay algo absolutamente heterógeneo y extraño en ella.  Nos creemos su dueños pero, por otra parte, sentimos que una irreductible resistencia cuelga como una espada de Damocles sobre nuestra cabeza.  Que es nuestro hogar pero también nuestro verdugo.  Interstellar, como ya ocurriera en El incidente (Shyamalan), revela, a través de gigantescas olas de polvo y plagas vegetales, que cuanto más tecnológicos nos volvemos menos a gusto nos encontramos en la physis.  El protagonista interpretado por Matthew McCnaughey es un ingeniero mientras que su hija (Jessica Chastain) será la física encargada de resolver la mítica incompatibilidad entre la cuántica y la relatividad.  Y de todos los personajes de la película, el más fiable es una máquina, un robot que satisfaría de sobra el test de Turing (a diferencia de muchos humanos, ya que parece ser más humano que los propios humanos).  Como en el caso de 2001 con HAL 9000, el sueño asimoviano de que el mejor amigo del hombre sea un robot se muestra una vez más como la utopía mecanicista perfecta.  Interstellar acierta, involuntariamente, al mostrar cómo desde la revolución de Internet la ingeniería se ha convertido en la reina suprema del conocimiento, mientras que la ciencia ha devenido secundaria.  Antes los científicos pensaban y los ingenieros iban a rebufo a ver lo que podían sacar de las teorías e hipótesis.  La serie Manhattan (sobre el proyecto científico-militar para construir una bomba atómica) es ejemplar al mostrar dicho proceso -con la filosofía completamente despreciada en su "locura" por plantear fines trascendentes-, cuando los científicos eran los amos del ser y del pensar.  Pero a partir de Internet y la eclosión tecnológica, primero se inventa y luego se pregunta.  Los científicos además, como antes los filósofos, resultan ser sospechosos por demasiado reflexivos frente a la ingenuidad y espontaneidad del ingeniero, menos intelectual y más sentimental.  En cierto modo, la reinvención de la humanidad que plantea Interstellar nos devuelve al estado mental de nuestros antepasados prehistóricos de las industrias líticas.






Lo que revela Interstellar no es sólo la incomodidad porque la Tierra se nos hace pequeña a pasos agigantados sino sobre todo la angustia existencial de que cada vez nos sentimos más extraños en nuestra propia casa debido a la tecnologización progresiva de nuestra estar-en-el-mundo.  Ser o no ser... terráqueo, esa va siendo la hamletiana cuestión.  En el cartel promocional se apunta esta visión cuando el letrero sobre una casa estilo Hopper nos dice "La respuesta está sobre nosotros".  Hubo un tiempo en el que la respuesta estaba en nuestro interior (como nos decían Ápolo y Sócrates, del conócete a ti mismo a una vida no examinada no merece ser vivida), "ahí fuera" (como buscaba el agente Mulder en Expediente X) o, incluso, en el viento.  Ahora, sin embargo, estamos alienados a nosotros mismos y la misma tierra, imposible de domesticar mediante la tecnología, nos resulta el último y radical Otro.  Somos viajeros espaciales pero no como turistas accidentales del vacío sino exiliados de la misma condición humana, convertidos en androides, robots, máquinas.





Plantea también Interstellar el paradigma platónico del gobierno de los sabios que, por supuesto, en este caso son los científicos y los técnicos que gracias a su saber para la supervivencia controlan de facto desde la NASA el gobierno planetario.  A través de la paternalista figura de Michael Caine, la casta físico-tecnológica domina a la humanidad para lo que no duda en emplear la mentira y la ocultación porque se consideran los únicos que pueden gestionar la información con rigor y responsabilidad.  Esta dictadura tecnológica parece ejemplar en sus figuras más importantes pero también se revela que, al mismo tiempo, son débiles y egoístas.  Por decirlo a la manera de Divergente, la facción de Erudición no tiene un átomo de la integridad moral de Abnegación. La entronización del homo tecnologicus se manifiesta también en el último refugio galáctico de la especie humana, un nave espacial que simula una granja pero en la que todo es un simulacro, más parecido a un campo de golf (de reeducación, de concentración) que a la naturaleza, ya domesticada (el jardín como superación (destrucción) de la selva).  Al revés que Wall-e, el Interstellar de Nolan publicita una degradación tecnológica, apoltronada y superficial, de lo humano en el futuro.






Lo peor de la película es el tratamiento al conflicto familiar, el auténtico núcleo moral de la película.  En una secuencia de la primera parte una profesora de instituto se decanta por la censura políticamente correcta en contra de la verdad, en cuanto que podría ser dolorosa y difícil.  Sin embargo, Nolan filma de una manera equivalente a la pacata maestra, actuando como un trilero cinematográfico en el que las diversas piruetas argumentales y arbitrarios giros de guión, excusados por ese nuevo Deus ex machina que es la mecánica cuántica, sustituyen a una planteamiento serio y riguroso aunque no sea "cinematográficamente correcto". Enfática y sentimentaloide en este caso aparece en todo su esplendor el tópico, empalagoso y previsible tratamiento superficial de "Hollywood" a eso que llaman amor.  El discurso irracionalista de la astronauta interpretada por Anna Hathaway para justificar una decisión egoísta enlaza paradójicamente con la misma decisión tomada por el eminente científico interpretado por Matt Damon por debilidad (o preferencia patológica por sí mismo).  La estilización abstracta del tratamiento que le dio Kubrick a la cuestión en 2001 contrasta fuertemente con la debacle waltdisneyana en la que se hunde Nolan hasta llegar al clímax ridículo de un bucle temporal que hace que personas de generaciones diferentes se encuentren en planos de tiempo convergentes.  Mientras que en la distopía de Divergente se nos advierte contra una intelectualización de la sociedad que nos llevase a considerar que "La facción está por delante y por encima de la familia" -es decir, donde lo colectivo prime sobre lo individual- en Interstellar Nolan hace una defensa explícita de lo contrario: una visión cálida de lo humano centrado en lo familiar como núcleo del hecho humano básico.  Tesis con la que estoy de acuerdo pero que realiza  de una manera superficial y simplista, infantiloide y cinematográficamente tramposa. Línea de diálogo pronunciada por Anne Hathaway, especialista en personajes dickensianos al borde de un ataque de cursilería:


"Love is the one thing that transcends time and space."




PD.



jueves, noviembre 13, 2014

Festival de Cine de Sevilla 2014: Amor fou, Saint Laurent, El capital humano, Los hongos, Los inocentes

Calificación 
Este primer fin de semana del Festival de Sevilla me ha dado la oportunidad de ver cuatro películas interesantes y un clásico.  Lo interesante de un Festival es que te permite ver en un corto período de tiempo distintos estilos  procedentes de países muy diversos, lo que te da una idea aproximada del tipo de cine que se está haciendo en la actualidad en industrias no muy publicitadas.  No estamos viviendo una época especialmente cinematográfica, en el sentido de que las fronteras que se exploran no están cambiando la dirección de la historia del cine sino simplemente escarbando en algunas de las esquinas de los espacios que se abrieron hace veinte o treinta años.  Pero eso no quita que se puedan disfrutar de ideas originales, interpretaciones brillantes, guiones inteligentes o, al menos, secuencias que permiten añorar lo que era el gran arte cinematográfico.

Las películas en cuestión que he visto han sido Los hongos (Colombia), El capital humano (Italia), Saint Laurent (Francia), Amor fou (Austria) y el clásico de Jack Clayton, Los inocentes.

De las que más me han gustado a las que menos.




Amor fou, película en la Sección Oficial ambientada en la Alemania romántica post-Goethe, azotada por las ideas ilustradas, democráticas y revolucionarias, y centrada en un joven poeta tipo Heinrich von Kleist que le declara su amor a toda mujer con la que se encuentra y, a continuación, para demostrarle que su amor es sincero, puro y auténtico les propone rubricar el mismo suicidándose juntos.  En el colmo de esa ingenuidad cínica propia de esos fanáticos del ideal que son los románticos les dice a las víctimas de su amor que prefiere compartir una tumba con ellas que un lecho con una reina. Con una puesta en escena sobria, discreta, elegante, digamos, prusiana, Jessica Hausner realiza la mejor comedia del año, a medio camino entre Una cara con ángel de Stanley Donen de y La marquesa de O de Eric Rohmer, en la que la directora se burla con sofisticación y profundidad de los enfaticalistas romanticones, tan ahítos de ellos mismos y de su engolada y elefantiasica personalidad que, claro, la vida cotidiana, tan burguesa la pobre, les parece poca cosa.  Al menos Byron se iba a pegar tiros a los turcos, no a damiselas indefensas.




Saint Laurent película de Bertrand Bonello, el cual irrumpió como una bomba en el panorama cinéfilo con su atrevida, iconoclasta, seductora y envolvente Casa de la Tolerancia, la historia de los antiguos burdeles en los que el lenocinio era una de las bellas artes.  Bonnello continúa con su idea de que la pantalla cinematográfica tiene que ser un lienzo en el que pintar como lo haría Tiziano si en lugar de pinceles hubiera tenido cámaras, focos y atrezzistas.  Para ello nada mejor que apropiarse de la figura de Yves Saint Laurent, uno de esos modistos que quisieron elevar la artesanía del cortar y coser en una de las artes efímeras del siglo XX, junto a la publicidad o el graffiti.  Lo paradójico es cuando lo consiguió, y su moda entró en los museos con las bendiciones de los académicos y los “curadores”, en ese mismo instante lo efímero se convirtió en fósil con lo que su mayor triunfo fue dialécticamente su definitivo fracaso.

Esta dialéctica la muestra Bonello a través de cuatro ejes.  Por un lado, su genio como creador y su imbécilidad como ser humano.  Por otro, el imperio económico e industrial asociado a un tipo de creación artesanal y elitista.  Narcisista hasta la nausea, YSL tenía un ojo de Sauron para todo lo que fuese la creación de un estilo de ropa para la mujer y, en consecuencia, para las mujeres mismas.  La mejor secuencia de la película es cuando una clienta, Valeria Bruni-Tedeschi, se muestra insegura probándose un traje chaqueta que le parece excesivamente masculino.  Entonces YSL, como un Pigmalion del vestido, empieza a recomendarle cambios en el peinado, la manera de llevar las manos en los bolsillos o el color de un cinturón, para transformar con apenas unos detalles de estilismo lo que era una mujer inseguro y atemorizada en toda una belleza que pisa segura por la vida, dueña de su cuerpo y su destino.  Y es que después del inventor de la lavadora nadie ha hecho más por la liberación de las mujeres que estos modistos franceses haciendo que el cuerpo de la mujer, tradicionalmente considerado pecado, se convirtiera en el bien más preciado por ellas mismas.  Que se lo digan a los talibanes y las alienadas del burka.

Con su habitual estilo meloso, envolvente, de colores densos y perspectivas insospechadas, Bonello nos descubre a un YSL que quisiera ser el Marcel Proust de la Alta Costura.  Y aquí reside el único problema de la peícula ya que tiende a representar el universo gay con un estereotipado sabor dulzón y decadente, recargando el vacío y superficial existencialismo de pacotilla de su YSL de un modo que lo hace tan cargante como idiota, lo que repercute en una infravaloración de su labor como presunto artista (la labor creativa se reduce a unos cuantos bocetos, mucho whiskey para pensar mejor y no coger unas tijeras ni para cortarse las uñas).

En definitiva, Saint Laurent cae de lleno en los mejores defectos (valga la paradoja) de ese cine francés que constituye el género de la “francesada”, que merece la pena verse por el espectáculo de bellas y estilosas mujeres bebiendo champagne como si fuera agua y fumando cigarrillos franceses como si el cáncer fuera un invento de la industria de la quimioterapia.  En cierto modo, se deber ver Saint Laurent con el mismo placer culpable de quién ve una americanada como Rambo IV.  Códigos desviados hacia el kitsch.



Dos películas que se dejan ver pero que resultan perfectamente banales e intrascendentes son Los hongos y El capital humano.  La segunda es un melodrama tan tramposo como idiota sobre sobre las contradicciones de unos burgueses más o menos adinerados a los que las turbulencias económicas de la crisis financiera llevan a enfrentarse al vacío y el sinsentido de sus vidas.  Superficial, maniquea y con un aire a telenovela de qualitè, al estilo de nuestro Cuéntame, El capital humano pretende ser una denuncia de la mercantilización de la vida humana en el contexto del capitalismo al mismo tiempo que mercantiliza el arte cinematográfico reduciéndolo a su mínima expresión estética para conseguir aquello que denuncia: la reducción de lo trascendente a sucio y vil dinero.

Los hongos es una modesta y luminosa película colombiana sobre unos grafiteros en el Medellín de Álvaro Uribe.  Este es uno de esos casos en los que el guión es tan pobre y deshilachado que más les hubiera valido rodar sin orden ni concierto porque lo más valioso de la película son las idas y venidas de la pareja protagonista, grafiteros y skaters, por las calles colombianas, escuchar los giros idiomáticos, las conversaciones políticas...  Lo más valioso de Los hongos es cómo testimonio documental de la vida en Colombia, del color y el sabor sus gentes.  Versión pobre, en todos los sentidos, de Paranoid Park de Gus van Sant, Los hongos muestra a unos parásitos de la sociedad que, sin embargo, resultan simpáticos en su ingenuidad revolucionaria ("Zion" contra "Babylon"), artística y moral.


El clásico fue Los inocentes de Jack Clayton, una adaptación de Una vuelta de tuerca de Henry James.  Película sobre la depravación moral es una extraordinaria metáfora del paternalismo, maternalismo en este caso, enfermizo: ese deseo de llevar a los demás por lo que se considera el bien aunque para ello haya que provocar el mal.  Un vicio muy extendido políticamente entre conservadores y socialistas.  La institutriz le da una vuelta de tuerca a aquello de "dejad que los niños se acerquen a mí".  Ver este blanco y negro espectral y ominoso en una gran pantalla no puede ser sustituido por el sucedáneo de verlo en la pantallita de una televisión o un ordenador pero menos da una piedra, así que gracias al que lo ha subido a youtube podéis disfrutar de esta brutal y sutil denuncia del abuso de menores.

miércoles, noviembre 12, 2014

1980, el último documental de Iñaki Arteta sobre los asesinatos de ETA

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Hoy, miércoles 12, se proyecta en Madrid "1980" y en Libertad Digital hago la reseña de este gran documental del cineasta vasco Iñaki Arteta







PD. Presentación pública del documental 1980 de Iñaki Arteta en Madrid, este miércoles en el cine Callao a las 8 de la tarde.

lunes, noviembre 10, 2014

"La única mujer domada es la violada. ¡Contribuya!" La extrema izquierda al asalto de las instituciones públicas

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En el Museo Reina Sofía se puede contemplar un logo de una iglesia ardiendo en llamas, con el lema: “La única iglesia que ilumina es la que arde”.  En lugar de protestar y pedir su dimisión creo que los cristianos deberían entronizar a Manuel Borja-Villel, el director de ese templo de la cultura, porque a través de estas inocuas performances permite una catarsis en los grupos de extrema izquierda que hasta hace relativamente poco se dedicaban a quemar iglesias pero de verdad.  Durante la II República y la guerra civil española en la zona republicana se produjo una feroz persecución contra el clero católico, llegándose a ejecutar a 13 obispos, un 13 por ciento de los sacerdotes, un 23 por ciento de las órdenes religiosas y unos 20.000 edificios.  Los cristianos y el cristianismo tuvieron que volver a las catacumbas. Andrés Nin, un líder anarquista que sería asesinado por sus propios “camaradas” comunistas, reflejó mejor que nadie este odio anticlerical al decir que la revolución había hecho desaparecer el problema de la Iglesia por el procedimiento de no dejar ni una en pie y “suprimir” a los sacerdotes y el culto.  Cuando Negrín trató de restablecer la libertad de culto, los anarquistas se opusieron.  Durruti, uno de los héroes sanguinarios de los anarquistas, gustaba de repetir la frase que se atribuía a Kropotkin y que nos recuerdan ahora los artistas domesticados en el Reina Sofía.

Más recientemente los artistas Thyra Hilden y Pío Díaz le prendieron fuego a la catedral de Copenhague.  Afortunadamente, en lugar de las bombas anarquistas usaron una instalación de vídeo.  Y es que como nos advirtió Christina Rosenvinge “hasta Lou Reed se pasea con traje / y llama a su novia desde el hotel.”  Es decir, incluso los extremistas con la edad se aburguesan.  La performance de Hilden y Díaz se titulaba, no se quemaron la cabeza pensando, “La catedral de Copenhague en llamas” y tenía un objetivo simbólico: quemar las raíces de la cultura occidental (¡Olé!) Además tenían proyectado “quemar” la Fontana de Trevi, el Coliseo y el Louvre.  Del Santiago Bernabéu todavía no han dicho nada...

¿Los artistas pirómanos tienen derecho a expresar sus ideas destructivas?  Recordemos lo que a Karl Heinz Stockhausen le parecía la obra maestra total y absoluta del arte contemporáneo.  Por lo menos, admitámoslo siempre y cuando se mantenga en el plano de lo simbólico.  Pero,  ¿defenderían los museos de arte moderno a una Sociedad para el Fomento del Vicio (bendito seas, Thomas de Quincey) que hubiese estampado en una mazorca de maíz (sutil referencia a Faulkner, Claire Denis y Nacho Vidal) el lema "La única mujer domada es la violada. ¡Contribuya!"?  Parece que la libertad de expresión tiene unos límites u otros dependiendo de quienes sean los destinatarios de la agresión simbólica.  Federico García Lorca fue más asesinado que Pedro Muñoz Seca, por ejemplo.  De nuevo emerge la asimetría de la violencia.  Leonard Bernstein organizaba fiestas para los Pantera Negra o Yves Saint Laurent para la Baader Meinhof con la misma tranquilidad que Manuel Borja Villel organiza una kermesse contra la iglesia.  El que no tiene derecho a poner una institución pública al servicio de su ideología es el director de la misma, que actúa como un comisario pero no artístico sino político, primero desde el MACBA y ahora desde el Museo Reina Sofía, favoreciendo descaradamente a los artistas con una agenda de política radical de izquierdas con la excusa de la fragilidad de este tipo de arte.  Lo que además de incurrir en una flagrante prevaricación respecto a la función de una institución pública, resulta rotundamente falso en cuanto uno se toma la molestia de visitar las galerías privadas de arte que se encuentran justo detrás del Museo Reina Sofía, en las que el arte contemporáneo resulta de tanta calidad y variedad como en las mejores exposiciones que se pueden ver en el Museo Reina Sofía.

Lo que sucede en el Reina Sofía con Manuel Borja Villel es uno de los males endémicos del castizo ser español de izquierdas, que considera “lo público” como su cortijo particular desde el que oponer una agenda cultural contra el mercado, la iglesia, la democracia liberal y el resto de sus obsesiones patológicas.  En lugar de ser como en el ámbito anglosajón un lugar de elevación cultural y educativa al servicio del interés general, en España la izquierda tiende a instrumentalizar las instituciones públicas como un lugar de trinchera y guerra cultural, siguiendo los parámetros marcados por Antonio Gramsci según el cual un “intelectual orgánico” debe expresar mediante el lenguaje de la cultura las experiencias que el “pueblo” no puede articular por sí mismo.  De aquí le viene a Manuel Borja Villel la querencia por convertir al Museo Reina Sofía en una suerte de “Casa del Pueblo” revolucionaria desde la que agitar conciencias y seguir con la guerra civil, a ver si la ganan de una vez por todas y fundan un régimen marxista-leninista-zizekeano en el que todos seamos “reeducados” en una dictadura posmoderna, deconstructora y de género.

Por todo ello resulta cínico y macabro que el Museo Reina Sofía haya contestado, ante las protestas, que el Museo se limita a respetar las opiniones de aquellos que se expresan a través de las obras expuestas sin necesidad de compartirlas.  Como si la selección de las mismas no fuera en sí misma un acto de posicionamiento político, como si el hecho de abrir las puertas de la institución siempre en la misma dirección política no implicase un invisible, pero no por ello menos siniestro, proceso de dirigismo cultural y de censura de las manifestaciones artísticas que van contra la agenda política oculta por su director.  La exposición se denomina "Un saber realmente útil" (de connotaciones maoístas contra esos malditos intelectuales burgueses, sus torres de marfil y esa manía del saber por el saber mismo) y en el catálogo se puede leer:


Pero, insisto, ni hay que pedir la retirada de la exposición de intención blasfema ni la dimisión de Manuel Borja Villel.  Todo lo contrario.  Animo a sacerdotes y monjas a ir al Reina Sofía y hacerse selfies jocosos delante de dichas obras, a ser posible con un cartel que rece (nunca mejor dicho): “No nos quemarán, keep calm” mientras hacen el gesto de la victoria, en plan Beyoncé delante de la Mona Lisa.  Y eso sí que será una performance original, divertida, orgánica y, sobre todo, mediática.  Si no puedes con tu enemigo, al menos búrlate postmodernamente de él.



domingo, noviembre 09, 2014

El Muro de Berlín en 10 películas (y un videoclip de David Bowie)

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En Libertad Digital han elaborado un especial sobre el Muro de Berlín (25 años, kaputt) y me he encargado de la parte cinematográfica. Vota por la mejor



PD. Esta canción y este videoclip de David Bowie representa a la perfección el espíritu de los tiempos: la historia de un amor imposible porque la pareja está separada por un muro. Era 1976 cuando David Bowie miró a una pareja -él, americano; ella, alemana- besarse junto a una torreta de vigilancia. Grabada en Berlín Occidental, en un estudio situado a quinientos metros del Muro, con la Guardia Roja vigilándolos a través de prismáticos.

viernes, noviembre 07, 2014

¿Fachas o españoles? (Libres e iguales)

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En Libertad Digital hago publicidad de la lectura del Manifiesto Libres e Iguales que se leerá este sábado, 8 de noviembre a las 12 de la mañana, en todas las capitales de provincia de España.  Seré el responsable de leerlo en Córdoba pero la verdad es que me gustaría estar con Cayetana Álvarez de Toledo que lo leerá en Gerona o Arcadi Espada en Barcelona.  Porque estarán en el ojo del huracán (y todavía no he estado en Can Roca)


viernes, octubre 31, 2014

Marca miente, sabe que miente y aún así dice que el que miente es Caparrós

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En ocasiones, la realidad traspasa la pantalla televisiva creando una imagen que se queda marcada en la retina por la fuerza de la verdad que desprende.  Joaquín Caparrós ha salido en todos los telediarios protestando por la portada de Marca, denunciando el amarillismo del medio y en un arranque de indignación moral iconoclasta ha roto el periódico en mil pedazos




La respuesta del periodista encargado de la entrevista y del titular de la portada, Enrique Ortego, no se ha hecho esperar


El caso es que si leemos en el diario Marca la entrevista al completo el que queda como un mentiroso es Enrique Ortego porque el entrecomillado es literalmente falso y, además, en el contexto de la entrevista le hace decir a Caparrós exactamente lo contrario de lo que está transmitiendo



El filósofo J.L. Austin escribió en Cómo hacer cosas con palabras que podemos distinguir en cualquier declaración tres tipos de actos: locutivo, ilocutivo, perlocutivo.  Grosso modo, lo que decimos, lo que queremos decir y el efecto que causan nuestras palabras en el interlocutor.   A Sheldon Cooper, por ejemplo, le cuesta diferenciar "lo que se dice" de "lo que se quiere decir".  Y no corremos a denunciar a una madre que dice a su hijo "te voy a matar" porque seguramente no es una amenaza de muerte, ni cuando le dice "te voy a comer de lo guapo que eres, cabroncete" porque suponemos que no es una caníbal malhablada.


Pero me da que ni en Marca, en general, ni Enrique Ortego, en particular, tienen los problemas de comprensión del lenguaje ordinario que padece Sheldon Cooper porque entonces deberían dejar el periodismo y dedicarse a la mecánica cuántica.  Lo malo no es que hayan entrecomillado una supuesta frase de Caparrós añadiendo a lo que dijo el entrenador un suplemento inventado para que cuadrase con un titular amarillista a fuer de madridista, sino que Ortego, contra toda evidencia, se niega a reconocer su error.  ¿Piensan en Marca que sus lectores habituales son tan idiotas que no apreciarán la diferencia entre "Solo pido que nos nos pasen POR ENCIMA" y "El objetivo es que no nos pasen por encima"?  No sólo es literalmente falso que Caparrós dijera la primera frase sino que el sentido de la misma cambia completamente, sobre todo en lo que respecta a cómo afectaría (acto perlocutivo) la primera sentencia, en el caso de que la hubiera dicho, al estado anímico de los jugadores del Granada CF.

La cuestión no es anecdótica sino que tiene que ver con la corrupción moral, política y económica que nos asuela.  El mal cotidiano, ordinario, banal que nos envuelve tiene un síntoma evidente en la corrupción lingüística que se extiende en todas las capas sociales.  Decía Karl Kraus en la putrefacta sociedad austríaca de principios de siglo que "Mi lenguaje es la prostituta universal a la que hago virgen".  Enrique Ortego, uno de los múltiples anti Kraus que pululan por la prensa española, por el contrario trata al lenguaje no sólo como si fuese una puta sino que encima lo golpea, lo hiere y lo asesina.  Al menos, si mostrara algún respeto por Belle de Jour... De estos titulares, ese amarillismo mediático tan sectario como falaz, estos lodos políticos en los que estamos enfangados.  ¿El único periódico que reconoce leer (lo que entienda por "leer")  el presidente del Gobierno de la corrupción?


PD.  Hablando de prostitutas y chulos que las maltratan, la extraordinaria Casa de la tolerancia, de Bertrand Bonello 



PD.  Otro caso paradigmático de medio que piensa que sus espectadores son tontos.  Un telediario de Antena 3 informa de la entrevista que hizo Jordi Évole a Pablo Iglesias y le hace decir al líder de Podemos, editando torticeramente sus declaraciones, justamente lo contrario de lo que quería decir.