"Las ideas son menos interesantes que los seres humanos que las inventan" FranÇois Truffaut

viernes, septiembre 16, 2005

La cuestión judía-americana según Philip Roth

Sobre todo en los EEUU parece que ha sido inevitable interpretar en clave de rabiosa actualidad la última novela de Philip Roth. El ascenso de un filonazi a la presidencia norteamericana se podría contemplar como una denuncia metafórica de George W. Bush.

Pero hablemos en serio de la novela de Roth. La conjura contra América juega con la ambigüedad sobre los protagonistas del complot contra la democracia americana. Porque lo que novela Roth es la persecución a la que se ven sometidos los judíos norteamericanos tras el ascenso a la Casa Blanca del antisemita héroe norteamericano Charles Lindbergh, en los años ominosos del genocidio perpetrado por los nazis en Europa. En este caso, la persecución contra los judíos se desata al ser acusados, una vez más en la historia, de organizar una conspiración secreta contra la esencia de lo americano (lo español, lo cristiano...). A partir de esta acusación se manifiesta la verdadera conjura: la de los cristianos para erradicar al judaísmo de la Nueva Tierra Prometida.



Para un lector español, como es mi caso, he vivido las peripecias de la familia Roth en Newark como si fueran las de la familia Espinosa de Toledo o Sevilla en la España recién unificada posterior a la Toma de Granada. He sentido en las carnes de Herman Roth la angustia de la incertidumbre por el exilio, las vicisitudes de la paranoia (¿ esta persecución tan aparente es real?). He experimentado la cuestión judía como la expusieron esos antisemitas que fueron Henry Ford, Hearst o Hughes.

La conjura contra América de Roth funciona como una pesadilla cuyo objeto es advertir de lo que hubiera podido pasar y, sin embargo y a diferencia de España, Inglaterra, Francia, Rusia o Alemania, no pasó. Por ello mismo la denuncia del antisemitismo latente en buena parte de la sociedad norteamericana es, al mismo tiempo, una celebración de que los EE.UU. son el único Estado (o de los pocos entre los avanzados, y con mayoría cristiana) que con una gran proporción de judíos no ha emprendido una acción antisemita de forma sistemática e institucional.




La novela de Roth es brillante, aunque con altibajos. Las críticas recibidas sobre su carencia como fabulador, ya que presenta a los protagonistas políticos en un plano alejado, son miopes ya que de lo que se trata es de revelar desde dentro el mundo judío la normalidad, alejándose de los estereotipos míticos del judío de la leyenda, tanto de la positiva como de la negativa.



El hecho de ser judíos no procedía del rabinato ni de la sinagoga ni de sus escasas prácticas religiosas formales... El hecho de ser judíos no procedía de lo alto... Eran aquellos unos judíos que no necesitaban grandes términos de referencia, ninguna profesión de fe ni ningún credo doctrinal para ser judíos, y ciertamente no precisaban de otro lenguaje, pues ya tenían uno, su lengua materna, cuya expresividad vernacular manejaban sin esfuerzo... Tampoco el hecho de ser judíos era un contratiempo ni una desgracia ni un logro del que estar “orgulloso”. Eran aquello de lo que no podían librarse. El hecho de ser judíos procedía de ellos mismos, como sucedía con el hecho de ser americanos. p. 244



-¡No voy a huir! –gritó él alarmando a todos-. ¡Este es nuestro país!
-No –dijo mi madre con tristeza-. Ya no lo es. Es el de Lindbergh. El de los gentiles. Es su país –concluyó.

p. 251



Bueno, nos guste o no, Lindbergh nos está enseñando lo que significa ser judíos. – Y después añadió-: Nosotros solo pensamos que somos americanos

p. 282



Lo desafortunado, en su opinión, era que judíos como nosotros siguiéramos hacinados en ciudades como Newark a causa de una xenofobia fomentada por unas presiones que ya no existían. El estatus conferido por las ventajas económicas y vocacionales les predisponía a creer que quienes carecían de su prestigio eran rechazados por la sociedad general debido al aislamiento tribal más que a un pronuniciado gusto de mayoría la mayoría cristiana por la exclusividad, y que vecindarios como el nuestro no eran tanto el resultado de la discriminación como su caldo de cultivo.

p. 297


Al contrario qu tío Monty, él prefería no hablar nunca de la terrible experiencia de un niño judío que vivía en un bloque de pisos de alquiler en la calle Runyon antes de la Primera Guerra Mundial, cuando los irlandeses, armados con palos, piedras y tubos de hierro, cruzaban regulamente en tropel por los pasas subterráneos del viaducto de la sección Ironbound en busca de venganza contra los asesinos de Cristo del distrito tercero judío..

p. 323



La ucronía de Roth llega un momento en que se disuelve como un azucarillo en el agua del torrente histórico. Aparentemente todo vuelve a su cauce, devolviéndole a las historias con minúscula la lógica de la Gran Historia hegeliana, necesariamente conectada. Pero precisamente la potencia de la ficción realista a lo Roth es que interviene en la realidad, afectando perlocutivamente a los lectores, modificando su concepción del mundo e indirectamente su acción sobre él. Roth, con un tipo de escritura que podríamos denominar “clásico” (su referente es más bien Stephen Zweig que James Joyce para entendernos), demuestra que la novela con ambición, que no se refugia en el formalismo inane sino que asume que es posible hacer cosas con palabras, además de combinarlas siguiendo las reglas estrictamente estilísticas. Este tipo de novela no está muerto (joder con los sepultureros) sino, como muestra la tradición norteamericana que llega hasta nuestros días, vigorosamente sana.

El otro tema principal es la gran cuestión americana sobre su responsabilidad e interferencia en el orden mundial. La
América Jacksoniana cree que los Estados Unidos deben centrarse en su propio desarrollo y dejar que el mundo, que el resto de civilizaciones, se desarrollen de forma autónoma, sin intromisiones por parte de los EEUU (porque del mismo modo que los americanos no aceptan lecciones de nadie, ¿por qué el resto del mundo debería recibirlas de ellos?) En el límite, esta posición aislacionista lleva a la doctrina de la no intervención y al respeto pluscuamperfecto a las diversas soberanías nacionales (lo que lógicamente lleva a no intervenir en la Guerra Civil española o en la II Guerra (Mundial) Europea). Pues bien esta postura aislacionista, que rechaza las guerras exteriores incluso por presuntos motivos humanitarios (ya se encargaría alguien de buscar los espurios intereses subyacentes: petróleo, agua, etc.), es la que Roth identifica con el filonazi Charles Lindbergh.

Frente a él, el imperialista humanitario, el demócrata de las metralletas, Franklin D. Roosevelt que luchó durante años para que su país interviniese en la Guerra Mundial, y cuyos principales detractores le gritaban lo mismo que gritan hoy en día los detractores de GWB: que envíe a sus propios hijos a la lucha, por un lado, y asesino, por otra (lo mismo que le gritaron a Felipe González cuando envió tropas a los Balcanes o a JMA cuando hizo lo propio con Irak)

Si terrorífico es ver la fotografía de Hitler paseando debajo de la torre Eiffel, devastador fue la imagen que me sobrevino, tras la lectura de la novela, del jerarca nazi visitando el monumento a Lincoln, cara a cara con el Libertador.



Philip Roth, La conjura contra América, Círculo de Lectores, Barcelona, 2005.

PD.
Un debate sobre la cuestión judía en Marx, España, etc, a través de Red Liberal.

5 comentarios:

alex huffington dijo...

Muy buen post.

Estaba indeciso sobre si leer el libro o no, ya que nunca me han interesado demasiado las novelas basadas en ucronías. La semana pasada leí la entrevista a Philip Roth en "El Cultural" de El Mundo que fue muy interesante aunque no estoy de acuerdo en algunos puntos que Roth comenta sobre el judaísmo actual en USA.
Además no soy muy aficionado a Philip Roth, a diferencia del gran Joseph Roth, pero la lectura de tu post me ha hecho inclinar la balanza y me haré con el libro este fin de semana.

Libertariano dijo...

Y si a Henry y Philip sumamos a Joseph, tenemos una Santísima Trinidad judía de Roths.

De todas formas, no es todo lo grande que podía llegar a ser, pero no porque adentre en las tripas del poder, sino porque algunos personajes de la intimidad Rohtiana no acaban de perfilarse. Por ejemplo, el hermano mayor, Sandy, llega a difuminarse y desaparecer.

Creo que a la novela le faltan un par de años de trabajo. Quizás Roth tenía prisa para que se publicase precisamente ahora.

Ignacio dijo...

¿Me ocurre sólo a mí que el texto se miniaturiza al final, después de James Joyce?

Roberto Iza Valdes dijo...
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jiang dijo...

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