"Las ideas son menos interesantes que los seres humanos que las inventan" FranÇois Truffaut

viernes, diciembre 09, 2005

Schoenbergeana

Había enviado una Carta al Director de El País defendiendo a Félix de Azúa. Pero Azúa, claro, se defiende solo. La polémica sobre Schönberg, con el Estatut al fondo, está teniendo su gracia. Teniendo en cuenta la pasión que desata en España la música atonal, dodecafónica y lo mucho que le gusta a mi mujer Shostakovich (yo hago como que no me doy cuenta) reproduzco la serie.

Sólo quiero lo mejor para ti


FÉLIX DE AZÚA
EL PAÍS - Opinión - 10-11-2005

Uno de los más respetados musicólogos vivos, Richard Taruskin, autor de una historia de la música occidental en seis volúmenes que incluye un elegante capítulo sobre rock (Oxford), tuvo una iluminación en ocasión de uno de sus viajes a Moscú. La orquesta del Conservatorio interpretaba la Séptima sinfonía de Shostakovich cuando Taruskin acertó a ver en la expresión de los oyentes una apasionada emoción que rara vez había observado en los conciertos de música moderna. Como Pablo de Tarso en su camino hacia Damasco, cuenta el crítico que vio con cegadora claridad que se había equivocado totalmente. No sólo él, lo que habría carecido de importancia, sino el conjunto de la musicología occidental. Se percató de que la teoría, la historia y la crítica sobre la música del siglo XX había cometido un error monumental. La música que sobreviviría, la que seguiría oyéndose cien años más tarde, sería la de Shostakovich, no la de Schoenberg.
Una afirmación como la anterior todavía suena escandalosa o estúpida para buena parte de los críticos, teóricos e historiadores de la música. Y en España, más. Para aquellos que sean totalmente sordos a la música clásica les diré que equivale a afirmar que Hitchcock soportará mejor que Eisenstein el paso del tiempo, o que Spielberg es más importante que Tarkovsky. Lo cierto es que Shostakovich está cada vez más presente en la vida musical, en tanto que Schoenberg se mantiene donde siempre estuvo, con la exigua minoría de expertos. Y se le están muriendo los subscriptores.

La paradoja sobre el valor de las obras de arte es que éste parece no depender del público, pero, ¿es en verdad posible que una obra de arte sea extraordinariamente valiosa, aunque nadie o muy poca gente quiera oírla, verla o leerla? Quienes afirman, por ejemplo, que la música de Schoenberg es fundamental y en cambio otra más popular como la de Stravinsky, es trivial o incluso "mala" (así lo afirma Theodor W. Adorno, modelo de los defensores de Schoenberg), ¿no están diciendo, en realidad, otra cosa?

Según esta posición, la importancia de Schoenberg, de Webern, del serialismo, del dodecafonismo, de las secuelas de Darmstadt, del IRCAM o de otros centros de producción experimental, es independiente de que haya alguien que quiera oír sus productos. El Arte vive para sí mismo. Quienes deciden sobre su valor (dicen) son los expertos, los profesionales. El público no puede decidir el valor de la obra de arte, porque entonces sería más valioso un musical de Broadway que una ópera de Schoenberg.

Esta inacabable disputa es inútil. Juzgue lo que quiera el experto, en el caso de la música (como en el del teatro) quien decide es el público porque la música es un espectáculo. De modo que Gershwin, Britten, Prokofiev o Janacek seguirán sonando en las salas de concierto, pero Schoenberg (utilizo su nombre como metáfora) cada vez menos. Quizás esto sea lamentable, pero también es inevitable. La dificultad que plantea Schoenberg es de un orden totalmente distinto a la que plantean compositores exigentes y sin embargo accesibles como Bartók.

Es justamente esa dificultad lo que permite que el valor de la música de Schoenberg no lo decida el público de los conciertos, sino el teórico y el historiador que creen que la historia de la música tiene un sentido trascendental. Si la historia de la música tiene ese sentido, entonces Schoenberg es la consecuencia de una cadena causal que desde Wagner viene anunciando la llegada del Mesías (Schoenberg). El valor de esa música tan escasamente popular es un valor histórico, filosófico y (sobre todo) religioso, más que musical. Por "religioso" me refiero a la creencia o la fe en que los procesos artísticos, sociales, económicos, en fin, los relatos históricos, tienen un sentido y sólo uno, a diferencia de las novelas. Por ejemplo, que la historia del Arte muestra el proceso de autoconciencia de las artes, que la historia de Francia es la de la Libertad de su Pueblo, que la sociedad capitalista ha entrado en su fase terminal, y cosas semejantes. Quien así piensa, está obligado a tener a Schoenberg por un músico más importante que Stravinsky.

Cuando la importancia de un hecho, suceso, objeto o caso no la determinan aquellos que lo financian y sufren las consecuencias, sino los expertos, los historiadores y los teóricos metafísicos, entonces estamos en un medio ajeno a la democracia y típico de la tradición autoritaria europea. Que la gente disfrute con Tchaikovsky y se aburra con Schoenberg puede ser lamentable, pero que para salvarles de su error se les condene a oír al vienés a todas horas, es despótico. En general, eso no sucede porque los conciertos se pagan, pero allí donde el contribuyente carece de poder de compra, sucede con harta frecuencia.

Compárese con lo que está sucediendo en la surrealista gestación del Estatuto catalán. Los expertos, los historiadores, los teóricos y los profesionales catalanes han decidido que "históricamente" (sea esto lo que sea) Cataluña tiene más derecho que Murcia a cualquier cosa, que la nación catalana posee una existencia de orden metafísico previa a sus habitantes, y que en la jerarquía de las naciones Cataluña sólo es comparable a Francia y superior a España. Cataluña es un pedazo de Schoenberg fundado en razones trascendentales. De momento, el público español ha desertado las salas de conciertos donde suena el Estatuto y son los expertos quienes se ven obligados a hacer publicidad para que la gente se entusiasme, o a condimentar encuestas carísimas que confirmen lo acertados que estaban y el éxito loco de estos conciertos a teatro vacío. Su alternativa es tocar sólo para adictos a Schoenberg.

La iluminación de Taruskin, hombre formado en la filosofía europea del siglo XX, filosofía impregnada de historicismo hegeliano y mesianismo marxista, es tan sencilla como esto: el descubrimiento de la democracia. La palabra "democracia", como lo prueba la dudosa moralidad de quienes la usan sin descanso para justificar sus deshonestidades, está cargada de instancias éticas. Parece como si lo democrático fuera lo moralmente bueno, cuando en realidad lo democrático es simplemente el conjunto de mecanismos que se despliegan de un modo casi inevitable para el control y la dominación de sociedades masivas con enormes potenciales energéticos y económicos. La democracia es tan sólo una técnica social eficaz para mantener el orden en un medio cuyo estallido sería funesto. Este mecanismo puede utilizarse bien o mal, pero no es un estado de gracia. Los políticos novatos utilizan la palabra como los católicos usan la palabra "devoción", y se acusan unos a otros de no ser democráticos... ¡como si fuera posible no serlo! Sin embargo, "demócrata" equivale a: "concernido por el mercado". El político demócrata es aquel que se ofrece en un mercado donde hay competidores. Nada más.

Para Taruskin siempre fue cosa evidente que las novedades de la música dodecafónica eran técnicamente interesantes. También, que Schoenberg creía que su nuevo método llenaría salas de conciertos en lugar de vaciarlas. Pero a diferencia de la música de su discípulo Alban Berg, el público no ha aceptado la del maestro. De un modo creciente, la programación de obras de Schoenberg (no todas: insisto en que utilizo al pobre vienés como metáfora) se ha ido haciendo por respeto a la historia, por su interés técnico, por la fascinación que ejerce sobre los expertos, pero no porque el público lo reclame a gritos y agote las localidades. De ahí también que en la historia de la música de Taruskin aparezca un capítulo sobre el rock, como en la historia de la literatura francesa de Kléber Haedens apareció Simenon un buen día, para escándalo y horror de los académicos.

Lo democrático no es, por sí mismo, "bueno" sino "eficaz". Los deportes de masas, el turismo industrial, las grandes superficies como lugares de entretenimiento y consumo, o el arte actual, son fenómenos democráticos, espectáculos masivos, movimientos de millones de personas con colosales poderes económicos y escasa libertad. Se parece bastante al nazismo, con una diferencia esencial: los políticos democráticos procuran programar aquellos conciertos que les gustan a las masas, en lugar de adoctrinarlas con conciertos que las agobian y agreden. Pero en algunos lugares, los profesionales de la vieja política, los viejos historiadores, los teóricos y expertos de la escuela trascendental o nacionalista, siguen actuando como sacerdotes cuya obligación es conducir al Pueblo hasta el Valle de Josafat y enseñarle a comportarse debidamente. A los pobrecitos habitantes de esos lugares los machacan con una política eclesiástica, de formación al espíritu nacional, en línea con la militancia sacerdotal que destruyó a Europa en los últimos dos siglos. Felizmente, al cabo de unos años los ciudadanos acudirán al mercado para comprar el político que más les apetezca. Ya veremos si es Schoenberg.


Sólo quiero lo mejor para ti'


Carlos Bermejo Martín (compositor) - Madrid
EL PAÍS - Opinión - 17-11-2005

El hecho de denominar Mesías a una persona que como Schönberg fue perseguido por los nazis por, entre otras cosas, ser de origen judío, me parece de un gusto, cuanto menos, torpe.
Ya sólo por esta razón sería fácil refutar el extraño artículo de Félix de Azúa del pasado 10 de noviembre. Pero como además es ya tradición en muchos intelectuales españoles hacer de sus manías personales axiomas irrefutables, creo necesario aclarar lo siguiente:

De Azúa dice: "A Schönberg se le están muriendo los suscriptores". Si se refiere a aquellos que con tanto entusiasmo apoyaron personalmente su compromiso, le diré que en realidad ya murieron, pero, lo que son las cosas, casi 100 años después del comienzo del periodo atonal de Schönberg, aún seguimos hablando de él. Por desgracia, no veré cómo dentro de 100 años nuestros descendientes debatirán sobre la obra de Félix de Azúa (sin duda con la misma intensidad...), pero, mientras tanto, querría decir que don Félix ha tenido mucha suerte al asistir a los conciertos del IRCAM o Darmstadt (me imagino que si los nombra es porque ha estado alguna vez) y no tener nunca problemas de entrada. Yo, sin embargo, tanto en los mencionados como en los festivales de Witten, Stuttgart, Donaueschingen, Múnich, Salzburgo... y en Madrid (aunque parezca mentira), he tenido que soportar salas repletas y en más de una ocasión me he quedado sin entradas.

Aunque a De Azúa y a otros les pese, existe un público para Schönberg y para más compositores que no nacieron necesariamente hace más de 100 años. Éste es un público, al contrario que De Azúa, que no tiene problemas en disfrutar tanto con Schönberg como con Stravinsky, porque sabe que los dos son parte de la rica historia de la música, y además considera que la exclusión es ante todo ignorancia. Minoritario, pues sí, pero no inexistente. Por otra parte, la minoría de algo siempre se establece al comparar al menos dos cantidades, por lo que, afortunadamente, siempre tenemos la posibilidad de sentirnos minoría en alguna cosa (lo contrario sería un auténtico fascismo), por lo que todo y todos padeceremos en algún momento ese moderno auto de fe al que nos somete continuamente la "mayoría".

A estas alturas, por tanto, ni los oídos reaccionarios de Taruskin o Adorno ni nadie nos va a decir qué es lo que debemos escuchar (el mismo De Azúa cae en su propia trampa). Lo que sí debo decir es que el capcioso y arbitrario artículo al que me refiero me ha despertado las ganas de leer al completo el dichoso Estatuto, y, si puedo, lo haré en catalán.



Cultura de supermercado


José M. Sánchez-Verdú (Compositor, profesor de Composición de la Robert-Schumann-Hochschule de Düsseldorf. Berlín, República Federal de Alemania)
EL PAÍS - Opinión - 29-11-2005

El artículo del señor Azúa en EL PAÍS del 10 de noviembre es un ejemplo de la libertad de opinión que una democracia conlleva. Aunque ataque a nombres de la cultura como Schönberg, que son lo equivalente a Mies van der Rohe en la arquitectura, Joyce en la literatura o Kandinsky en la pintura. Es una muestra más de la ignorancia, sobre todo musical, que nos rodea. España cuenta con una cultura musical tan mínima como inexistente pese al reciente crecimiento del número de auditorios, orquestas, óperas etcétera, muchas veces con más pompa y cáscara que con verdaderos contenidos. La formación musical desde la infancia no existe, los conocimientos musicales posteriores son desastrosos, e incluso los estudios superiores de música aún no se rigen por un sistema universitario propio, como en todos los países avanzados culturalmente. La frase "yo de música no entiendo" es el estigma que lleva casi todo español. No está de más señalar que salvo unos pocos ejemplos (Gerardo Diego, Valente, etcétera), en España los intelectuales han estado de espaldas a la música en los últimos decenios, hasta un punto vergonzante si lo comparamos con escritores, poetas o filósofos de otros países (Adorno, Mann, Eco, Kundera, etcétera). Es normal que al señor Azúa no le guste Schönberg; con él estará una inmensa mayoría de españoles que no han oído ni su nombre ni su música.
Reivindicar el arte de consumo de mayorías como indicador de lo que es bueno es tan banal que no merece ni respuesta. Todo arte exigente y excelente no es en principio para mayorías, siempre ha sido así. De aceptar las ideas de supermercado de Azúa habría que excluir a Mallarmé, a Joyce, a Mondrian, etcétera, porque sus propuestas son "difíciles" y no aceptadas o "comprendidas" en un inicio por las grandes masas: ofrecen algo que a la vez exige, y eso no cabe en las ofertas del supermercado.

Afortunadamente, siempre existirá un arte de creación comprometido, difícil -el arte es una forma de transmisión de conocimiento, no sólo de diversión y espectáculo, como parece creer Azúa-. No podríamos aprehender una cultura sin el rigor y compromiso de los creadores que han arriesgado y abierto nuevos caminos. "Ningún arte, literatura o música estúpidos perduran. La creación estética es inteligencia en sumo grado" (G. Steiner, Presencias reales). Beethoven fue acusado de hacer ruido, de ser incomprensible; Bach, de ir contra las leyes de la música. ¿Dónde estarían los Azúas de entonces? Sin duda, también contra ellos.



Atonal


Pedro Santana Martínez - Logroño
EL PAÍS - Opinión - 01-12-2005

Tras leer las cartas de algunos lectores indignados, he llegado a la conclusión de que el día 11 de noviembre me vendieron un ejemplar de su periódico perteneciente a una hipotética edición B, mientras que, a lo que parece, a otros lectores sí que les vendieron ejemplares con un artículo donde Félix de Azúa demostraba una notable ignorancia musical y cometía varios pecados de lesa cultura.
En la colaboración de Félix de Azúa que aparecía en mi diario versión B no vi nada de lo que los lectores indignados encontraron en su también hipotética edición A. Como no puedo dudar de la competencia lectora de los mismos y, por otra parte, se publican sus razonadas quejas acerca de un artículo que yo nunca leí, me veo obligado a concluir que aquel infausto día cayó en mis manos una versión apócrifa de su diario, un simulacro tal vez. ¿O serían simulacros las ediciones con las airadas protestas? No quiero extenderme en más hipótesis, pues me temo que en su conjunto éstas resultarían marcadamente atonales.



Triste atraso de los avanzados


FÉLIX DE AZÚA
EL PAÍS - Opinión - 09-12-2005

Ya sabía yo que ni siquiera tomando precauciones (¡mira que avisé de que "Schoenberg" sólo era una metáfora!) evitaría la indignación de un puñado de honestos trabajadores de la música. Hay asuntos que, en cuanto se tocan (la madre, la patria, la Virgen del Pilar, Schoenberg), hacen brotar a los defensores del honor perdido como setas en otoño.
A mi anterior artículo, en donde planteaba el inútil problema de quién decide sobre el valor de una obra de arte y la terca resistencia del público a aceptar la música de Schoenberg (algo que no sucede con otros artistas igualmente exigentes), le florecieron las contestaciones. Muchas, asombrosamente, por parte de españoles que ejercen de maestros de música en Alemania. Parecía un coro de Moisés y Aarón. Sin embargo, algunos profesores desafinaban. Uno de ellos me acusaba de antisemitismo, lo que da idea de la solidez de su pensamiento. Me chocó que escribiera "Schönberg". Al parecer ignora que el compositor se quitó la diéresis para distanciarse de la grafía alemana.

Más interesante era la carta de J. M. Sánchez-Verdú, cuya tarjeta de presentación (profesor de Composición de la Robert-Schumann-Hochschule de Düsseldorf. Berlín. República Federal de Alemania) podía parecer la de una marquesa de Serafín a quien no conozca estas escuelas de la Alemania profunda. Sus argumentos, en cambio, eran interesantes porque componían el arquetipo del moderno prehistórico que todavía se agita en algunos ambientes detenidos en 1970. Me van a permitir un análisis, argumento por argumento, dado su valor pedagógico.

Comienza diciendo que mi artículo es "un ejemplo de la libertad de opinión que una democracia conlleva", como si no le gustara nada, pero no hubiera más remedio que tolerarlo. Algo así como si admitiera que las mujeres pueden llevar pantalones, aunque sea de mal gusto. Luego dice que Schoenberg es el equivalente de Mies en arquitectura, Joyce en literatura y Kandinsky en pintura. Un poco precipitado. Algo ha cambiado en el panteón de las vanguardias históricas desde 1950. Mies el silencioso y Schoenberg el expresivo no son equivalentes, sino opuestos. Y Joyce, reconstructor de Homero, no tiene la menor relación con el armonista vienés que deconstruye a Bach. Añade el profesor: "(El artículo) Es una muestra más de la ignorancia, sobre todo musical, que nos rodea". Debería haber añadido: "Ignorancia de la que yo me he librado, y aquí estoy, oh, Señor, dando testimonio y repitiendo tópicos del Adorno de la posguerra".

Sigue luego una larga jeremiada sobre la ausencia de estudios musicales en España con la que estamos todos de acuerdo, ni musicales ni de ningún tipo, pero luego dice que "es normal que al señor Azúa no le guste Schoenberg", y ahí patina. No voy a defender mi amor por el vienés porque es algo trivial, lo que está en discusión no es un asunto de "gusto" (como quisieran los idealistas), sino de aceptación popular (como quieren los pragmáticos). El profesor continúa aferrado al elitismo modernista, persuadido de que el gusto musical por Schoenberg es superior, digamos, al gusto musical por Sibelius. Con ese planteamiento agonizó hace medio siglo la estética soberanista, incapaz de aceptar que los productos artísticos no son la manifestación de una Verdad Oculta y Superior, sino una propuesta para entrar en un juego social ritualizado. Los adornianos tienen problemas con el público, con el jazz, con Stravinsky, con la música de cine, con los juegos populares, que no tienen los benjaminianos.

En lo tocante al público, otro español en Alemania protestó indignado asegurando que cuando él acude a un concierto de Schoenberg tiene grandes dificultades para encontrar entradas ("incluso en Madrid", decía, como si fuera Puerto Urraco) y el teatro está siempre lleno hasta los topes. Seguramente se confunde de Schoenberg. Yo hablaba de Arnold, no de Jimmy Schoenberg. De todos modos, por profesionalidad periodística, hice una encuesta entre los programadores de Barcelona y fueron unánimes. Cuando programan un Schoenberg, siempre lo equilibran con Britten, Prokófiev, Falla o Mozart.

Tampoco es decisivo: el CD relativiza la cuestión. Dado que tengo medio centenar de grabaciones de Schoenberg, eso significa que otros doscientos mil, tirando corto, también las tienen. Lo cual traslada el interrogante a otro lugar más noble. Ya que nos obligan a hablar del Schoenberg real y no del metafórico, digamos que emprendió una revolución armónica a comienzos del siglo XX que ya había fracasado cuando se estableció en California a finales de los años treinta. El dodecafonismo es hoy una curiosidad histórica similar al trobar clus. Dudo de que los músicos jóvenes se empeñen en componer con esos mimbres, a menos que hayan decidido vivir eternamente de subvenciones públicas. No obstante, ése es el aspecto más atractivo de Schoenberg: su fracaso (que no comparte con Webern y Berg). No se equivocaba Thomas Mann cuando lo eligió como símbolo de la hecatombe germana. Su importancia negativa es indudable, ya lo dije en el artículo anterior, pero eso no lo hace más popular. Representa un final, no un comienzo.

El profesor se desuela luego: "Reivindicar el arte de consumo de mayorías como indicador de lo que es bueno es tan banal que no merece ni respuesta". Lástima. Sería interesante conocer la respuesta. Sobre todo porque luego viene ese topicazo de que "el arte exigente no es para mayorías" y que "no cabe en las ofertas del supermercado". Mi abuela estaba más al día. La parte viva de la estética actual lleva años demoliendo el romanticismo con naftalina que se prolongó hasta la escuela de Nueva York y Clement Greenberg. No puedo encargarme ahora de su tutela, bastante tengo con mis alumnos, pero por lo menos el profesor Sánchez-Verdú podría leer el clásico de Noël Carroll Mass Art (Oxford, 1998). A lo mejor le ayuda a vivir con menos pretensiones y a respetar un poco más los supermercados.

Este asunto de Schoenberg puede parecer esotérico a muchos lectores de EL PAÍS, lo que ya da idea del éxito del compositor y lo llenos que están los teatros donde se le interpreta, pero es asunto general y severo de una vieja escuela autoritaria. Por eso lo puse yo como ejemplo equivalente del concierto del Estatuto catalán, otro modelo compositivo admirable, de finísima inteligencia, elogiado por expertos y entendidos, novedoso y audaz, pero condenado a no ser aceptado por un público que no está para finuras de laboratorio, porquebastante tiene ya en su casa. Si tiene casa. No es el mejor momento para ensayar un nuevo despotismo ilustrado a la manera de la vanguardia del proletariado.

Podríamos presentarlo de este modo: hasta los años sesenta del siglo XX, era una verdad establecida que los juicios artísticos y culturales precisaban una preparación técnica y científica, sin la cual no podía ejercerse un juicio adecuado. Todavía hay compositores que justifican sus partituras diciendo que han usado modelos fractales o la serie de Fibonacci, como si no fuera suficiente oírlas. El proceso de transformación de la vieja cultura burguesa en industria cultural, del Arte en espectáculo de masas y de las obras de arte en objetos del turismo global sitúan las cosas en otro contexto. En el que, por cierto, no está de más darse una vuelta por la filosofía. La mejor amiga de las artes en estos momentos expansivos.

Uno puede negar rotundamente el derecho de las masas a introducir los productos de las artes en su vida junto a la gastronomía y el fútbol, como exige nuestro profesor de música, pero esa manifestación de impotencia está condenada a figurar junto a todas las posiciones reaccionarias de la historia. La exclamación "¡ya no pintan vacas, sólo manchan las telas!" es una queja exactamente equivalente a "¡cuánta ignorancia, han pasado cien años y no aceptan a Schoenberg!". Ambas quejas están diciendo: "¡No entiendo nada de lo que está pasando!".

Desde los hermanos Schlegel sabemos que la democracia no le sienta bien al Arte (siempre que va con mayúscula, es el hegeliano). Como profetizó Benjamin hace casi ochenta años, la democracia ha matado al Arte. Por fortuna, eso ha liberado una legión de artes (gráficas, plásticas, sonoras, visuales, virtuales, corporales...) que se adaptan perfectamente a la democracia de masas. Con un éxito notable. Y ya iba siendo hora. No se veía nada igual desde las caóticas fiestas de los Dada.

Asunto totalmente distinto es que aceptemos, o no, la democracia de masas.



Y, por último, la carta que escribí (arrimando el ascua a mi molino, y que Azúa me perdone)

El valor del arte

Que en la refutación a tu hipótesis vaya implícita una corroboración
de la misma es lo mejor que te cabe esperar. Así le ha sucedido a
Félix de Azúa. Ha tenido la suerte de encontrar en las críticas de
dos acérrimos compositores schönbergeanos al artículo en el que ponía
en cuestión el despotismo en las valoraciones artísticas, políticas y
económicas, una muestra de dicho despotismo. La referencia a
Schönberg ha escocido a los miembros del club de fans del austriaco,
que acusan a Azúa de "ignorante", de ser tan "banal que no merece ni
respuesta" (aunque en flagrante contradicción la ofrecen), además de
tener un "gusto torpe" y lamentarse, de paso, por la nefasta educación
musical que se da en España. Es paradójico que se queje de la calidad
del sistema educativo alguien que ni siquiera interpreta correctamente
un artículo de periódico (aunque éste se las traiga, por lo irónico)

Azúa insiste, dos veces, en que utiliza a Schönberg como metáfora,
pero sus críticos se empeñan en leer otra cosa, rasgándose las
vestiduras ante la presuposición de que al catedrático de Estética no
le gusta el músico dodecafónico. Tampoco es verdad, como han creído
entender los compositores, que Azúa defienda que haya que tragar con
las ruedas de molino del gusto mayoritario; más bien que el criterio
del público, que hace tiempo que dejó de ser "masa" a la que los
mandarines de turno tengan que pastorear, es tan legítimo como el de
los pretendidos expertos.

En las actuales democracias liberales está superada la dicotomía
élite-masa, y avanzamos hacia una pluralidad de públicos que tienen
voz y voto(y ya que nos ponemos exquisitos, permítanme los ilustrados que los ilustre sugeriéndoles “Una filosofía del arte de masas”, de Noël Carroll) Azúa constata que autores que fueron ninguneados como
Shostakovich, Hitchcock o John Ford, calificados de reaccionarios y
antiguos por la vanguardia, hoy gozan de una creciente popularidad
mientras que otros con pretensiones mesiánicas se consideran de manera
más bien irónica. No se trata de quitar a unos del pedestal para
subir a otros, sino de reconocer por parte de los autodenominados
"expertos" que su opinión está tan mediatizada por prejuicios
culturales como la de otros participantes en la plaza pública de la
valoración estética. No se trata de una discusión sobre Schönberg o
Shostakovich, sino de la aclaración de los procedimientos para
resolver disputas axiológicas: el despótico o el liberal. Y,
haciendo la extrapolación política, de decantarnos por democracias
orgánicas, de corte totalitario, o por democracias liberales.

Y con su talibanesca respuesta los dos compositores han revelado, en
primer lugar, su afición al despotismo ilustrado; y, en segundo
lugar, han mostrado que la ilustración que acompaña a los dogmáticos
es siempre una ilusión.

El corolario que lleva del despotismo pseudoilustrado al Estatuto
catalán es, por otro lado, evidente.


Joder, ambos recomendamos a Carroll. Otro factor en el que coincidimos, además de Master & Commander.


6 comentarios:

dagwood dijo...

Coincido contigo y con De Azúa en casi todo. Yo creo que el tiempo se encarga de poner a cada uno en su sitio (a riesgo de que un poco más de tiempo trastoque totalmente las valoraciones anteriores y destrone a un clásico para entronizar a otro). Lo tremendo es que el hecho de que alguien ingrese y se mantenga en el panteón de los clásicos dependa de gente como los compositores que respondieron muy airados a Félix de Azúa porque se sintieron dodecafónicamente atacados pero fueron tonalmente incapaces de entender el artículo que inició la polémica. Mucho exigir educación musical y muy poca compresión lectora...

Dicho lo cual, voy a ponerme en el CD alguna ópera de Verdi, que en su tiempo era de un comercial que asusta y merecería los peores anatemas de los señores Bermejo Marín y Sánchez Verdú de la época ;-)

Simon Fisherman dijo...

Leí con autentico deleite el primero de los artículos del señor Azua y agradezco infinito encontrar aquí reproducidos los agravios q dieron lugar a un segundo embite si cabe todavia más gozoso del divertidisimo profesor.

No es q yo me haya forjado una cultura musical muy basta si bien tras 20 años, que yo recuerde, de atentas escuchas me he ido descolgando un tanto de una disciplina artística q hoy por hoy sólo tiene sólido predicamento entre algunos intelectuales, especialmente aquellos que vegetan en las universidades alemanas, q siguen manteniendo ante la Gran Cultura una desoladora fe de carboneros. Ya lo advirtio el poeta "quien prefiere lo vivo a lo pintado...." y lo remató el Catoblepico Maestro

En cuanto al nivel de la música en España tambien se ha dado el caso de algunos compositores cómo Mauricio Sotelo que han declarado encontrar en España unas posibilidades para la creación musical q las anquilosadas Austria o Alemania habrían perdido.Y fue el mismo Luigi Nono quien le puso sobre la pista.

Para acabar comparto, y envidio, su riguroso comentario sobre esta polémica,creo q con él todo queda dicho
Un saludo a usted y a todos los comentaristas

lmb dijo...

En el hilo de nuestra concordancia habitual, este tema del valor del artese constituye como un nudo de desacuerdo.

Déjame que me remita a una de tus postdatas a la reciente inserción sobre la pena de muerte. Dices:

PD.Según algunas encuestas en determinados países europeos la mayor parte de la población está a favor de la pena de muerte. Para el liberalismo este resultado es inaceptable de aplicar, en cuanto que los principios liberales están por encima de los puramente democráticos, y la única democracia legítima es la que se articula según los parámetros liberales. Una democracia no liberal, como es aquella que automáticamente impone los criterios mayoritarios sin respetar los derechos inalienables de las minorías, se constituye en una tiranía de las masas. En una democracia liberal, el principio de la libertad individual restringe el principio del Gobierno de la mayoría.

¿Por qué aplica esta máxima en el caso de la pena de muerte y no lo hace en el caso del valor del arte?

Creo que me repito cuando afirmo que una obra de arterecibe su valor en un espacio multidimensional. Puede tener un valor como mercancía en un mercado, puede tener un valor como contenido de entretenimiento, puede tener un valor estético. ¿Quién determina el valor estético de una obra de arte? ¿Valen igual todas las valoraciones? Por ejemplo, ¿vale igual la valoración de una persona que no ha escuchado nunca una sola nota de música clásica que la de Azúa? Yo creo que no. Sin embargo, ¿vale igual el voto de un ciudadano que el de otro? Yo creo que sí, con independencia de cualquiera de las circunstancias que diferencien a los dos; aunque uno sea tan culto como Azúa o como tú y el otro sea analfabeto.
¿Qué distingue a una situación de la otra? En el caso del arte, es importante que el que valora cuente con la capacidad de discernimiento estético. En ausencia de dicha capacidad, su valoración está vacía; posiblemente al valorar la obra de arte en su dimensión estética esté trasponiendo un juicio que aplica a otro ámbito; esté proyectando el valor que la obra tenga como mercancía o como contenido de entretenimiento a un espacio distinto.
Desde esta perspectiva, la metáfora schoenbergiana para referirse al estatuto catalán no está bien traída.
Otra discusión distinta es la que se refiere a la figura de Schoenberg y a su valor en la historia de la música. ¿es Schoenberg mejor que Shostakovich? No sería capaz de decirlo. Me parece incuestionable que ha sido más influyente; también es más difícil, como es más difícil Tarkovsky que Allen, sin que ello quiera decir nada, a priori, sobre el valor estético de las películas de uno y otro. Los difícil opera en el terreno del entretenimiento más que en la esfera de lo estético. El primer cuarteto de Schoenberg, el opus 7, es más difícil que Hey, obra cumbre de Julio Iglesias. ¿Y qué?

Libertariano dijo...

El caso de la pena de muerte y el de los mecanismos de elucidación del valor del arte son iguales pero opuestos.

En el primero, hay que defender el "mercado de la Justicia" del despotismo de la mayoría. En el segundo, hay que defender el "mercado del Arte" del despotismo de la élite.

En cualquier caso se trata de defender la limitación del poder, ya sea del poder de la masa contra la minoría indefensa, ya sea del poder detentado (me encanta este verbo) por una oligarquía contra la multiplicidad de públicos.

Por supuesto que como tú dices el "valor" del Arte es multifactorial, multidimensional, "multimulti"... precisamente por ello debemos ser liberalmente democráticos para abrir la posibilidad de distintos públicos (en plural), para que con la pluralidad (el perspectivismo del que hablaba Ortega, en esto tan elitista) nos aproximemos a esa multimulti.

Algo que no teneis en cuenta los "schoenbergeanos" es que la educación, por mala que sea, ha elevado el nivel cultural de la gente al nivel razonable para que su opinión sea escuchada. En caso contrario, es decir tu posición, habría que cancelar la democracia e instaurar una dictadura platónica.

Por cierto, entre los factores de lo estético hay que incluir el del entretenimiento, que citas con tanto desprecio (ver Melodias de Broadway para la mejor y más divertida defensa que se ha hecho. También a Fassbinder sobre Douglas Sirk)

PD. Cuando compares a un monstruo como Schönberg con un ídolo pop no hagas trampa: muestra su distancia sideral con, por ejemplo, otro disonante como Bob Dylan :-)

Libertariano dijo...

Otra carta a El País que insiste ¡? en que a Azúa no le gusta Schoenberg ?¿, que la mayoría de la gente "ya" no sabe quien es Schönberg (¿alguna vez lo ha sabido, así mayoritariamente), además de rasgarse la camisa como Camarón ya que la ciudadanía prefiere estar en el Ikea antes que en los conciertos.

Esto me recuerda que tengo que comprarme un sofácama en Ikea, empresa en la que confían más los suecos que en el mismísimo gobierno (yo también confío más en el Corte Inglés que en el Gobierno)

No entienden artículos de periódico y, sin embargo, dan clase de moral estética:

" Sembrando confusión


Emili Brugalla - Barcelona
EL PAÍS - Opinión - 11-12-2005

Es obvio que al señor De Azúa no le gusta ni Schoenberg ni el Estatuto catalán, a la vista de sus opiniones que sin duda merecerían todo su respeto en el transcurso de una tertulia en donde además podrían ser rebatidas. Lo problemático surge cuando un diario como EL PAÍS, el 9 de diciembre, dedica su tribuna de dos páginas a estas confesiones a mezza voce que generan no poca confusión: se dice en ellas que gusta más Prokofiev y Britten que Schoenberg; de qué público se habla, de qué programadores...; se dice también que el Estatuto catalán proviene de un "despotismo ilustrado"; acaso sugiere el autor que los representantes electos de la ciudadanía catalana son déspotas... ¿De qué estamos hablando?
Cuando el clima político y social que nos envuelve produce más que nada "ruido", cuando la ciudadanía está desapegada hacia lo "cultural" y prefiere pasarse un día entero comprando en el Ikea que ir a conciertos, y cuando campa a sus anchas el populismo y el pasotismo en lo que atañe a la responsabilidad democrática ciudadana, palabras como las del articulista profundizan el abismo, contribuyen a la desazón. El grave problema es que la mayoría de la gente ya no sabe quién es ni Schoenberg, ni Prokofiev, ni Britten y asimismo muy pocos al día de hoy se habrán leído el proyecto de ley llamado Estatuto catalán.

¿No correspondería pues a la prensa, en sus artículos de opinión,enfriar el ambiente, informar y ofrecer instrumentos de análisis, y ampliar la sensibilidad cultural ya de por sí denostada, en vez de entregar sus páginas a plumas ogrescas para las que "todo vale" y que, con cuatro zarpazos -por cierto "despóticos" e "ilustrados"- pretenden sentar cátedra arruinando el verdadero debate."

jiang dijo...

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