"Las ideas son menos interesantes que los seres humanos que las inventan" FranÇois Truffaut

miércoles, noviembre 29, 2006

Por qué queremos tanto a Azúa

Azúa se va, nos deja, nos abandona. Algo se muere en bloggerlandia. Pero resucitará de entre los átomos. En uno de sus mejores post explicaba su (nuestro) cariño a Orwell. Pues lo mismo.

Por qué queremos tanto a Orwell

La publicación de una nueva antología de George Orwell (Matar a un elefante y otros escritos, Turner/Fondo de Cultura), con un sagaz prólogo de Arcadi Espada, nos proporciona la ocasión de declararle nuestro amor. Amamos a Orwell porque es:

A. Un hombre honrado. Y eso quiere decir que uno puede fiarse de él. O lo que es igual: a la hora de ejercer un juicio no distingue entre poderosos y débiles. No se inclina ante el poderoso o ataca en exclusiva al enemigo de “los nuestros”, pero tampoco es zalamero con el débil. Por esta razón fue implacablemente perseguido por los comunistas, una ideología que fundó su poder en mentir constantemente a los más débiles. Todavía hoy, buena parte de la izquierda paleolítica no lo soporta.

B. Un adulto. Todo lo que escribe da por supuesto que lo va a leer gente normal, preparada, razonablemente informada y autónoma. No hace concesiones paternalistas a la ignorancia, ni tampoco a los acuerdos mafiosos entre masas gregarias. Da por supuesto un alto grado de individualidad en su lector, el cual puede ser conservador, liberal, socialista o comunista, y sin embargo mantener un criterio propio e independiente del partido. En consecuencia, no aburre al lector con la exposición de grandes principios. Va directo al final. Es sobrio.

C. Un escritor que no desea tener “personalidad”. La importancia de lo que nos cuenta está fuera de su persona; está en la vida exterior y no en lo íntimo de su carácter. No quiere ser original, no desea distraer al lector con exhibiciones circenses de bella escritura. No se presenta como un virtuoso con boina de terciopelo rojo. No trata de vender la belleza de su alma. Sus artículos no son gabardinas abiertas que muestran el tamaño de su moralidad. Le importa un bledo lo que el lector piense sobre él. Su intención es que el lector se concentre sobre lo que está escribiendo. Sobre lo que viene al caso.

D. Un buen observador. Siente una profunda curiosidad por las personas que le rodean. No sólo le interesa saber cómo son, sino sobre todo por qué hacen lo que hacen, y cuáles son sus deseos, a veces tan difíciles de expresar. Esa curiosidad va dirigida al personaje singular, al caso individual, a las gentes de una en una. Sólo tras haber observado muchos casos aislados y singulares, puede proponer una generalización. En este punto se comporta al contrario de los actuales periodistas, los cuales primero clasifican al personaje por su generalidad más obvia (“es del PP”, “es conservador”, “es facha”, “es socialista”, “es neocon”, etc.) y sólo luego, si queda espacio, lo singularizan.

E. Una persona respetuosa. Cuando manifiesta sus desacuerdos, lo hace siempre de un modo razonado y buscando la comprensión del adversario. Si no basta con un intento, lo repetirá sin fatiga ni impaciencia. A menos de que constate que su adversario es un ideólogo malintencionado que antepone sus creencias (y seguramente su cartera) a la objetividad. Entonces no duda en usar palabras educadas como “idiota”, “sandio” o “majadero” para despachar al intruso. En el espacio de la discusión no caben los maleantes intelectuales. Curiosamente, los actuales periodistas nunca recurren a palabras como “idiota” etcétera, pero tampoco hacen el menor caso de la argumentación. No le tienen ningún respeto. Respetar el argumento supone, también, poner al adversario en su sitio cuando carece de respuestas. Sacarle los colores.

F. Un ciudadano recto. O lo que viene a ser lo mismo: sabe que entre dos posiciones antagónicas, antitéticas e incompatibles, sólo una de ellas es verdadera. En eso recuerda lo que tantas veces ha repetido Fernando Savater: no es cierto que en democracia deban aceptarse todas las ideas. Sólo hay que admitir las buenas. Aunque pertenezca a la más profunda fe religiosa, la creencia de que hay que humillar y pegar a las mujeres no puede ni siquiera discutirse. Orwell, sin duda, sacrificaba lo que hubiera que sacrificar con tal de dejar bien claro cuál era la postura buena y cuál era la mala. Y lo remarcaba y lo repetía para que no cupiera ninguna duda.



Eso le valió la enemistad absoluta de casi toda la intelectualidad europea el día en que puso a Hitler junto a Stalin como dos modos de lo mismo, y el día en que denunció los asesinatos cometidos por los comunistas catalanes durante la guerra civil. Todavía hoy un libro con el título de Homenaje a Cataluña no ha recibido el más mínimo homenaje por parte de la partitocracia catalana.

Sólo el Ayuntamiento, hace muchos años, le dedicó una plaza, pero es que no lo habían leído. Cuando alguno de ellos lo leyó se quedó horrorizado. Entonces le dieron una calle a Sabino Arana.


Félix de Azúa
, Por qué le quiero tanto



De los últimos me gustó especialmente el que hablaba de la necesidad de los dogmas (ciegos, pero no inquebrantables, que diría Wagensberg), un panóptico musulmán, Kant y las palomas. Me recordó como Lars von Trier ayudó a su maestro Jorgen Leth, que se sumía en la impotencia de la libertad, (im)poniéndole arbitrarias reglas de estricto cumplimiento.



2, 3, 4 y 5.

Al fin y al cabo, el cine comparte con la arquitectura la creación de espacios para vivir, el carácter industrial y el ego de sus protagonistas.


6 comentarios:

Anónimo dijo...

Uno de los más grandes del XX

si libertad es La palabra, Orwell es Quien La dice

n a c o

Anónimo dijo...

por cierto: ha sido usted felizmente linkado

un saludo,

n a c o

Libertariano dijo...

Gracias sr. naco,

y felicidades por su viaje a Santiago

Anónimo dijo...

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