
Convivir con gitanos rumanos es todavía más difícil que hacerlo con payos españoles. Lo digo por experiencia. Hace unos años los de la etnia de los dientes de oro y las faldas de largo vuelo hasta los tobillos vinieron a instalarse en mi barrio y casi provocaron que los autóctonos los linchasen. Arrojar la basura a la calle a cualquier hora y de cualquier forma o parasitar las líneas de teléfono y electricidad de los vecinos eran algunas de sus indómitas y peculiares costumbres. Otra era andar por la noche con sospechosas barras de hierro rondando los coches aparcados. Sin embargo... a una de las más jóvenes, una chica de unos doce o trece años que se ocupaba de la patulea infantil mientras el resto de la tropa estaba mendigando con los bebés en brazos, en una ocasión la vi acarrear una bolsa de basura hasta el contenedor preceptivo. ¡Incluso lo abrió para depositarla dentro! Hay esperanza, pensé. ¿Qué habrá sido de aquella chica? Luego nos enteramos de que las familias rumanas habían sido contratadas por una constructora española para hacer
mobbing inmobiliario en una operación para construir un hotel de lujo. Aquí, el que no corre, vuela.
Los españoles no se distinguen precisamente por su amor a la limpieza y a la convivencia cívica. Si me dieron ganas de llorar viendo como la rumanilla parecía haber comprendido el concepto "cubo de basura", cuando veo a una señora española recogiendo la caca de su
bull dog francés me dan ganas de aplaudir. En sentido contrario, cada vez que me topo a las manadas de adolescentes patrios en una plaza con bolsas del Mercadona llenas de cocacolas y güisquis, entorno los ojos imaginándolos entrando en una cámara de gas. Por no hablar de cuando se recorre la costa mediterránea viendo las aberraciones urbanísticas que han cometido los indígenas con su territorio... uno participa de la indignación de
Charlton Heston al final de
El planeta de los simios: ¡Malditos!
Como sucede con los gitanos rumanos a un español le puedes explicar un millón de veces que orinar en la calle está muy feo o que hablar por el móvil con la novia durante una hora (maldita cobertura) en un vagón de tren puede ser muy molesto para los que le rodean que le importa un bledo. Me diréis que no todos los españoles son iguales... Lo mismo se podría aplicar a los gitanos.
Después de siglos de expulsiones, asimilaciones forzadas y un par de genocidios las naciones europeas han conseguido ser aceptablemente homogéneas, razonablemente parecidas a sí mismas. A veces fantasean los narcisistas de la diferencia con peculiaridades intraducibles, como los catalanes que presumen de no españoles, pero no hay más que ver a alguno de sus más egregios representantes, de
Joan Laporta a
Salvador Sostres pasando por
Carod Rovira, para darse cuenta que a los ojos de un francés, pongamos por caso y sin irnos muy lejos, son indiscernibles de un extremeño tipo
Rodríguez Ibarra: tan simpáticos y festivos como cerriles y cejijuntos. Sin embargo, la construcción europea lleva lógicamente a la ruptura de dichas identidades para crear un crisol de divergencias sólo limitadas por los derechos fundamentales. Muchas sensibilidades se van a sentir heridas ante la emergencia de modos de vida alternativos hasta ahora condenados a los "armarios" de la marginalidad y el silencio. Por ejemplo, cada vez que veo
un capítulo de Big Love siento temblar un pilar de la tradicional monogamia occidental
Sarkozy está revelando su auténtico fondo conservador a despecho de ese liberal que decía ser. No es de extrañar que
The Economist haya pensado en El increíble hombre menguante a la hora de calificar su política económica o de anti-inmigración, selectivamente anti-gitana. Pero no creo que el
judío Sarkozy sea racista. Simplemente es ordenado, como en el chiste. Y este instinto por el orden es algo transversal a las opciones políticas. En España la comunista-ahora-socialista-siempre-en-poltrona
Rosa Aguilar también
echó a los gitanos rumanos de Córdoba porque al parecer en la ciudad de las Tres Culturas no cabía una cultureta más... En Alemania el socialista
Sarrazin clama contra la perdida de germanidad de Alemania a manos de los prolíficos vientres de las turcas. De nuevo en Francia, jacobinos de todo pelaje están de acuerdo en
prohibir el burka en nombre del paternalismo benefactor. En Nueva York, el movimiento cristiano conservador del
Tea Party se siente tan ofendido en su sensibilidad como
progres neoyorquinos de toda la vida al estilo de Barbra Probst Salomon porque unos musulmanes pretenden edificar un centro cultural islámico cerca de la zona Cero... Probst califica la construcción del Córdoba Center como algo de "mal gusto y falta de sensibilidad" y pretende que sus subjetivas valoraciones de pija judía con ínfulas de intelectual valgan más que los derechos civiles de libertad de culto, de asociación, de expresión, de vivienda, etc. Eso sí,
que no le toquen a Garzón porque aunque quizás haya vulnerado la ley el Juez Campeador resultaría un juicio de "mal gusto y falta de sensibilidad".
No es, insisto, un problema de racismo sino de capacidad de resistir la fuerza de la intolerancia hacia lo que nos desagrada. Hay que desconfiar del "instinto de rebaño" que nos hace sobrevalorar lo que se considera "normal". Y, por otro lado, de paciencia para ganar tiempo y que las normas cívicas se vayan negociando y asimilando. El populismo de Sarkozy y
Berlusconi, esa forma de satisfacer los bajos instintos del hombre-masa, es una muestra de su irresponsabilidad como respuesta a su baja popularidad y las dificultades políticas de reelección con las que se encuentran. El alcalde republicano de Nueva York,
Bloomberg, es un ejemplo en sentido contrario. En todo caso, si lo único que puede hacer Francia con los gitanos es expulsarlos -con buenas maneras, eso sí, no vayan a comparar a los jacobinos de derecha con los Reyes Católicos o con gente aún peor- y si Nueva York no es capaz de hacer respetar la legalidad y los derechos de ciudadanos que pagan sus impuestos por la sensibilidad torcida de unos paranoicos, mal vamos, porque a diferencia de lo que pensaba el buen burgués
Goethe en una sociedad liberal
no es preferible la injusticia al desorden.