"Las ideas son menos interesantes que los seres humanos que las inventan" FranÇois Truffaut

lunes, julio 29, 2013

Hannah Arendt, la judía que no amaba al pueblo judío

1. Más alemana que las salchichas y más judía que el bar mitzvah, Hannah Arendt tuvo la relativa suerte (en vida a ella no se lo parecería tanto) de que los alemanes (nazis) quisieran matarla y los judíos (integristas) la declarasen persona non grata. De esta forma, liberada de los prejuicios de la patria, la etnia y la religión, se integró en la tribu de la "perversidad de la inteligencia", esa tradición occidental que comenzó Sócrates, al que los buenos y demócratas ciudadanos atenienses invitaron a una caña de cicuta por "corromper a los jóvenes" y "no venerar a los dioses", y llegó hasta la propia Arendt pasando por Spinoza, aquel otro judío expulsado del Templo, o Averroes, al que sus correligionarios musulmanes expulsaron a las tinieblas exteriores. En suma, que una vez se desencadenó de los grilletes del oscurantismo patriotero pudo volar hasta lo más alto, impulsada por el viento del pensamiento hasta lo más difícil: la distinción de lo bueno y lo malo en la realización de una vida plenamente "humana".

2. Del mismo modo que Clara Campoamor se definía feminista en cuanto que humanista, Arendt explicaba que el Holocausto o Shoah no era un asunto que concerniese exclusivamente a los judíos sino que era un caso flagrante de crimen contra la humanidad. Precisamente su negativa a establecer distinciones determinantes entre los seres humanos -llevada por su perspectiva radicalmente humanista, individualista, racionalista, vitalista e ilustrada- es por lo que defendió en su crónica del juicio a Eichmann en Israel los únicos valores relevantes cuando se juzga a un hombre: la verdad y la justicia.

3. La verdad y la amistad son los dos valores fundamentales para un filósofo.  La verdad porque somos homo sapiens. La amistad en cuanto que zóon politikon.  De lo que se trata es de ser muy hombres.  Y nadie con más hombría (andreia, manliness) que Hannah Arendt.  Una hombría muy femenina.  Al estilo, por cierto, de Clara Campoamor.  A su lado, la mayor parte de los hombres, por ejemplo su maestro y amante Martín Heidegger, no fueron sino unas nenazas (él lloriqueaba en el hombro de ella proclamando que en cuestiones políticas era como un niño).  O tipos tan duros como Ben-Gurión, un pobre hombre, un indigente existencial (parapetrado tras esa etiqueta meliflua de "gran estadista"), en comparación con el valor que demostró Hannah Arendt.  Es curioso como los filisteos del rebaño, esos que necesitan un "nosotros" en forma de país, religión, raza o clase para considerarse "alguien", piensan que los que como Arendt defienden ante todo la verdad les gusta estar "a la contra".  Y tratan de rebajar el contenido de dicha verdad con invocaciones al relativismo o al subjetivismo mientras se enrocan en "su" verdad, es decir, "su" mentira reconfortante.

4. La película que ha rodado Margarethe von Trotta es un prodigio de narración cinematográfico-filosófica, en la tradición que inauguró Rossellini con sus biopics de Sócrates, Descartes y Pascal.  Sostenida sobre un impecable guión, que va al núcleo del asunto (la relación entre un pensamiento profundo y verdadero y un lenguaje riguroso y creativo. Y al revés) y unas interpretaciones rigurosas, entre las que destaca la de Barbara Sukowa que expresa con naturalidad la deslumbrante inteligencia y el talante risueño de la pensadora alemana.  Los apuntes en flashbacks, que muestran su primigenia relación con un Heidegger que le advierte de la deriva a la soledad del pensamiento a la vez que ella le transmite que la razón ha de ser vital, son muy acertados.  En ellos se atisba la chispa de una de las relaciones amorosas y eróticas más complejas, problemáticas e intensas, entre dos espíritus que volaron muy alto.  Heidegger terminó quemándose como Ícaro al acercarse demasiado al dasein hitleriano, mientras que Arendt se negó a abandonar al que había sido su maestro de pensamiento y amor.

5. "La perversidad de la brillantez" fue el ingenioso título con el que Norman Podhoretz quiso remedar el análisis que Hannah Arendt dedicó a la emergencia y triunfo del nazismo que desembocó en su proyecto de exterminio de judíos, homosexuales, gitanos y, en general, todos aquellos seres humanos que consideraban inferiores.   De esa forma lo único que consiguió Podhoretz, claro, fue quedar retratado dentro del casi infinito campo de la miseria de la idiotez.  Y es que la rabia neurótica que provocó la sin duda brillante crónica arendtiana del juicio a Eichman en Israel fue, más allá de la excusa de que acusaba a los judíos de ser corresponsables de su propio exterminio, señalar que la monstruosidad que se agazapaba tras un fenómeno aparentemente excepcional en su brutalidad inhumana como fue el totalitarismo no tenía cuernos y rabo mefistefélicos sino que en realidad tenía el rostro bondadoso del pequeño burgués con ínfulas, la imagen respetable del ingeniero eficiente, el padre de familia ejemplar, el feligrés cumplidor.  Y, todavía más: que la responsabilidad individual no cabe evitarse tras justificaciones cientificistas o apelaciones al "Sistema".

6.  Una de las variables más interesantes de la película es el conflicto filosofía vs. periodismo.  Ya saben, los filósofos no saben de fechas de entrega, no tienen en cuenta los límites de la extensión.  Su tiempo y su espacio no son los mismos que los del periodista.  Allá donde el filósofo sirve a la verdad, el periodista depende de sus lectores.  Que el editor de The New Yorker, el gran William Shawn (al final lo echaron por hacer una revista "rancia y obsoleta", claro), supiera respetar el ámbito de actuación y el tempo de pensamiento de la filósofa dice mucho acerca de él.  El periodismo es una actividad gregaria; la filosofía, solitaria.  El periodismo es democrático; la filosofía, elitista.  El periodismo es obsoleto en cuanto se escribe; la filosofía es siempre inactual.  El periodismo se pone al nivel de su público; la filosofía exige a los lectores que se esfuercen (que si no saben griego al menos se molesten en buscar un término en Google Traductor).

7. Otra oposición es entre filosofía vs. política.  Allá donde la política atiende a las consecuencias, la filosofía se atiene a los principios.  Si la política es retórica, la filosofía es demostrativa.  Si la política es el reino del cortoplacismo, la filosofía tiene en cuenta lo eterno.  Hannah Arendt veía a Eichmann como a un ser humano, alguien que tenía el derecho a ser juzgado sólo y exclusivamente por sus propios crímenes.  Sin embargo, Ben-Gurión quiso convertir el juicio en una farsa ejemplarizante en la que el fiscal representaba al Estado de Israel mientras que el acusado sería el símbolo del Estado nazi.  Arendt, sin embargo, una y otra vez ensalza a los jueces al tiempo que ridiculiza al fiscal convertido en un histrión al servicio de su amo gubernamental.

8.  Arendt no amaba al "pueblo judío".  Ni al alemán, por cierto.  Ni a la clase proletaria o la burguesa. Ni a la raza aria o judía. Arendt sólo ama a sus amigos (y los tenía israelíes y alemanes, aunque muchos de ellos cortaron esa amistad porque prefirieron ser amigos de sus habituales mentiras que de Hannah).  Y es que amar a un concepto, una categoría, una entelequia es propio de mentes infantiles, maniqueas, simplistas o, con Samuel Johnson, canallas.  Amaba a sus amigos israelíes, así Kurt Blumenfeld, como siguió amando hasta el final al que fue una de las pasiones de vida, el muy innoble ario Heidegger.  La lealtad de Arendt para con sus amigos, a pesar de que muchos de ellos dejaron que la divergencia de ideas, fundamentalmente en relación con esa mezcla de nacionalismo a la defensiva y religiosidad a machamartillo que fue configurando el estado de Israel, enfriaran sus sentimientos y la apartaron de su lado.  Arendt, la gran crítica del Totalitarismo, fue amante del más grande filósofo nazi y sus dos maridos fueron comunistas.  Que lo amigable no quite lo valiente.

9.  Verdad y amistad, por tanto.  Y en ese orden. Amicus Plato sed magis amica veritas.  Lo que no quiere decir que tengas que sacrificar a uno por otro sino que nunca permitirás que una amistad se base en otra cosa que la verdad, ni medias verdades ni mentiras piadosas.   Para el caso que nos ocupa, Hannah Arendt mostró que la mejor manera de ser amigo de Israel no es convertirse en un maniqueo, fanático y servil adicto a cualquier política israelí sino precisamente ser capaz de decir, en la estela de los profetas, lo que los israelíes quizá no quieren escuchar: la pura y simple verdad.

10.  En su obra Hombres en tiempos de oscuridad Arendt escribió que "Aun en los tiempos más oscuros tenemos el derecho a esperar cierta iluminación, y que dicha iluminación puede provenir menos de las teorías y conceptos que de la luz incierta, titilante y a menudo débil que algunos hombres y mujeres reflejaran en sus trabajos y sus vidas bajo cualquier circunstancia y sobre la época que les tocó vivir en la tierra".  Que von Trotta haya sabido transformar con tal hondura y sutileza la luz del sol brillante que fue Hannah Arendt en la tenue luz de un proyector es algo por lo que el cinematógrafo sigue teniendo un sentido.