"Las ideas son menos interesantes que los seres humanos que las inventan" FranÇois Truffaut

viernes, julio 18, 2014

Trascendence o el Rousseau cibernético




Un 28 de junio nacía Jean Jacques Rousseau, el filósofo ginebrino que alumbró la “volonté générale”.  También en 28 de junio vi Trascendence, una espantosa película en la que, sin embargo, se plantean dos o tres cuestiones filosóficas trascendentales con aroma roussoniano.

Rousseau fue el más extraño filósofo de la Ilustración porque no compartía con la mayor parte de sus colegas de movimiento la pasión por la razón, la fe en el progreso y cierto talante individualista.  Por el contrario, el algo histérico pensador suizo era muy sentimental, adoraba un pasado utópico y tenía una visión colectivista de la organización social.  Tanto Jacob Talmon, Karl Popper como Isaiah Berlin lo situaron en las raíces de la democracia totalitaria contemporánea (para más información visitar las “repúblicas populares” de Cuba, Venezuela o Corea del Norte. O, más castizo, el programa electoral de Podemos).

En Trascendence se trata de cómo implementar una conciencia humana en una máquina virtual.  La Inteligencia Artificial se ha topado con el problema hasta el momento irresoluble de conseguir que un programa informático consiga pensar como un ser humano.  En 1968 imaginaban, vía Stanley Kubrick, que allá por 2001 se conseguiría fabricar una Inteligencia Artificial tan potente que podría asemejarse a una Inteligencia Natural.  Evidentemente pecaron Kubrick, Marvin Minsky y compañía de optimismo tecnológico.  

Trascendence juega con una interesante idea: en lugar de hacer humana una inteligencia artificial, hagamos artificial una inteligencia humana .  Así que “cargan” un programa informático  con una mente humana creando un híbrido cibermental con la potencia de cálculo de una máquina informática y la competencia de establecer fines ,combinada con la capacidad de tener sentimientos, de un cerebro humano. El Frankenstein electrónico conectado a Internet rápidamente se transforma en una mezcla de Rousseau, Karl Marx y Lenin, dedicado a transformar el mundo buscando el bien común a través del establecimiento de una mente colectiva entre todos los individuos humanos .

Gracias a la nanotecnología nuestro “Jean Jacques Marxnin” (con rostro de avejentado Johnny Depp) incorpora también a la Madre Teresa de Calcuta a su acción revolucionaria, curando no mediante la imposición de las manos sino de un equipo de robotitos nanotecnológicos.  El ejército de lumpemproletariado neurocibernético en Trascendence es una mezcla de trabajadores industriales (muy marxista) y enfermos (muy franciscano). Cuando está a punto de conseguirse el paraíso final en la tierra, un anarquismo amable en el que alegremente los individuos han sacrificado parte de su autonomía individual en aras de la volonté générale, aparece el “capitalista, imperialista y militarista” FBI para acabar con el enésimo sueño de la razón productor de monstruos.  Bendito seas, John Edgar Hoover.

En Trascendence pervive el viejo prejuicio paleolítico de que hace falta un jefe que ordene todo el entramado social.  Esa es la realidad del impulso a la mística “trascendencia” a la que hace referencia el título de la película.  Y es que el peligro no reside en tratar cualquier problema desde una perspectiva científica, como se sugiere en la película cuando se critica el reduccionismo de los sentimientos a “meros” impulsos eléctricos y fisiológicos, sino en convertir la ciencia en un trasunto laico de la religión, con sus dogmas, profecías, inquisiciones y prejuicios).

Otra de las ideas fuerza que atraviesa esta fallida fábula tecnológica es la defensa del tiranicidio.  Vamos, del terrorismo enfocado a destruir al que detente el poder.  Como en V de vendetta, tal defensa del terrorismo es preocupante ya que se desprecia la vids individual en aras de un presunto y abstracto bien común.  En su ambigüedad entre la acción revolucionaria y la actividad terrorista del grupo de neoluditas reside uno de los aciertos, involuntario me temo, de Trascendence que resulta frustrante para el público habitual en cuanto que fracasa a la hora de consolidar uno de los postulados del cine palomitero: que haya al menos un personaje protagonista positivo, una idea políticamente correcta y un sentimiento moralmente consensuado al que agarrarse para que no haya que pensar demasiado.