"Las ideas son menos interesantes que los seres humanos que las inventan" FranÇois Truffaut

jueves, febrero 19, 2015

El francotirador Eastwood

Se suele decir que Hollywood está dominado por los izquierdistas. Sin embargo, siempre hay un minúsculo pero irreductible bunker de conservadores que guardan las esencias del “American Dream” contra aquellos que gustan más de relatar la “Yanqui Nightmare”. Además, el mejor de todos suele pertenecer a esta élite.



John Ford realizó en 1955 Cuna de héroes, un pequeño e íntimo melodrama sobre la Academia del ejército norteamericano West Point en el que mostraba su respeto y admiración por una institución a la que había glorificado al tiempo que criticaba algunos de sus rasgos más característicos (como en Fort Apache, 1948). Clint Eastwood, el referente conservador en la actualidad, ha realizado su particular exaltación del héroe americano en versión militar: American Sniper. Su adaptación de la autobiografía del francotirador Chris Kyle durante sus misiones en la guerra de Irak es una exaltación de la mejor versión del Ejército, la institución más odiada junto a la Iglesia por los izquierdistas, a través de la figura de una letal máquina de apuntar, disparar y matar.



Oliver Stone, Stanley Kubrick (que hizo sus peores películas cuando se dejó llevar por clichés antimilitaristas en Senderos de gloria y Full Metal Jacket) o Michael Moore (su tuit lo dice todo) hubiesen mostrado a Kyle como un psicópata, pero Clint Eastwood no duda en llevarlo a la condición de campeón nacional aunque no con los ribetes de superhéroe con los que Sylvester Stallone dibujó a Rambo sino como un entrañable padre de familia y mejor camarada. Porque para Eastwood, como para Ford, el ejército es una prolongación de la patria, como esta, a su vez, lo es de la familia. EEUU es para la visión conservadora “la Gran Familia Americana”. Y es que los Estados Unidos se basan para dicha perspectiva en dos pivotes, Dios y Patria. Por arriba, la trascendencia que justifica sus demás valores supremos, entre ellos el dólar: "In God we trust". Por debajo, las raíces que les llevan a incardinarse en una tradición que se remonta a los Padres Fundadores y se refleja en el Juramento de Lealtad que, en contradicción la supuesta separación entre Iglesia y Estado, reza:

"I pledge allegiance to the flag of the United States of America, and to the republic for which it stands, one nation under God, indivisible, with liberty and justice for all."




La película nos cuenta dos historias que articulan el conflicto entre parejas de valores. Por un lado, en la batalla, el conflicto entre Dios y Patria aunque nuestro protagonista tiene maniqueamente claro (en el libro en el que se basa la película confiesa que su visión ética sólo contempla el blanco y el negro puros, sin sombra de grises) que Dios tiene un rostro más judeo-cristiano que islámico. Por otro, en la retaguardia, un conflicto más irresoluble entre la Patria y la Familia, en la misma senda que trató también John Ford en otro de sus westerns sobre la caballería Río Grande. Frente al padre-colega de la película favorita del “progresismo” cinéfilo, Boyhood, que le regala a su hijo una recopilación de los Beatles (encima, los ingleses Beatles. Todavía si fuera el autóctono Bob Dylan…), el padre de nuestro francotirador les regala a sus hijos una parábola de tono bíblico, tan simple como contundente, que separa a los seres humanos en lobos, corderos y perros pastores. Nuestro protagonista es a diferencia del cordero de su hermano, un perro pastor.



Pero de lo que trata la película es, siguiendo la metáfora, de cómo un perro pastor se convierte en perro de presa (un American Pit Bull Terrier, claro está). Un tipo grande y metódico, un hombre tranquilo en la tradición fordiana pero implacable. Uno de esos molosos que si muerden, morirán antes que soltar su presa. Por supuesto, que tiene problemas psicológicos pero en la gran herencia artístico-guerrera que se remonta a Homero y su Aquiles, los superará para reinsertarse de nuevo en la matriz familiar, tanto personal como nacional. Existe por parte de Eastwood una perentoria necesidad de justificar a su protagonista en su acción más discutible: la ejecución de un niño. Y no porque en el relato de la acción en sí misma no quede claro sino porque más tarde la repite, como si tuviera que subrayar que el francotirador después de todo no ha perdido su humanidad, que entre tanta devastación bélica no se ha producido también una debacle moral.



En consonancia con el alias con el que le conocían sus compañeros, la “Leyenda” (sus enemigos le pusieron otro mote, “El diablo de Ramadi”), Eastwood elabora una apología siguiendo el dictamen de aquel director de periódico de El hombre que mató a Liberty Valance cuando explicaba que en el oeste cuando tienen que elegir entre imprimir la verdad o la leyenda, se imprime la leyenda. Desde estos parámetros, la película, aunque menor en su carrera, es sólida. Pero hay en ella una sombra que la empequeñece. Porque en realidad el que aparece como alguien de leyenda y del que te apetece saber más es el francotirador enemigo, al parecer un campeón olímpico sirio que lucha con los iraquíes. Como el mismo Eastwood mostró en el díptico Banderas de nuestras padres/Cartas desde Iwo Jima o Jean Jaques Annaud en su obra maestra sobre francotiradores, Enemigo a las puertas, la ecuación Dios-Patria como fundamento de la Nación funciona igual de bien para los hunos y para los hotros. El género bélico es especialmente proclive al maniqueísmo. Las obras maestras son escasas: John Ford en No eran imprescindibles o Escrito sobre el sol, Sam Peckinpah en La cruz de hierro, Sam Fuller en Uno Rojo, División de Choque, Terrence Malick en La delgada línea roja o Steven Spielberg en Salvar al soldado Ryan han elaborado equilibrados y complejos análisis llenos a la vez de ruido y furia pero también de belleza y compasión. El díptico mencionado de Eastwood presentó su candidatura a ingresar en ese club selecto (a mi modo de ver, de forma fallida). American Snyder es más bien el reverso serio de la moneda costumbrista sobre el ejército que tiene en El sargento de hierro su cara burlesca pero, quizás por ello mismo, más interesante. Porque el patriotismo es encantador pero también puede llegar ser siniestro y hace falta un poco de humor para que no acabe siendo indigesto.

4 comentarios:

JFM dijo...

Lo de In God we trust y de la separacion de Igleais y Estado no es ninguna contradiccion. El Estado americano no apoya ninguna religion en particular o te impone creer en Dios pero tampoco pone trabas a la expresion religiosa y se entiende que lo del "God bless America" no implica necesariamente que el Presidente sea creyente.

En cambio la laicidad francesa es una laicidad atea que excluye a la expresion religiosa y solamente esta: un funcionario puede tener en su despacho posteres de militancia para cualquier casa pero a los "laicos" les da un ataque si tiene un crucifijo y pone trabas a la expresion religiosa en publico (De Gaulle no podia comulgar enb publico). Hace poco mas de un siglo los oficiales y funcionarios catolicos fueron discriminados o forzados a dimitir lo cual tuvo por consecuencia los sangrientos reveses de 1914 una de cuyas causas fue el gran numero de generales incapaces que habian llegado a ese puesto por ser ateos y librepensadores en vez de por criterios profesionales profesionales. La mitad de los generales frncese de 1914 tuvieron que ser apartados pero no sin haber costado centenares de miles de bajas.

La diferencia entre el "secularism" de EEUU y la laicidad francesa es la diferencia netre el agnostico (no creas y deja creer) y el ateo el cual suenya con un mundo sin Dios.

Santiago Navajas dijo...

Tanto el sistema norteamericano como el francés son imperfectos. El primero por bascular excesivamente hacia lo religioso -todas esas menciones a "Dios" en Juramento de Lealtad, dólares y demás son mera superchería y una clara violación de la separación entre el Estado y las iglesias-. El segundo por convertir el laicismo en una sucedáneo de la religión. En Estados Unidos me negaría a hacer esa imposición del Juramento de Lealtad en el que hay que ponerse "bajo Dios". En Francia, iría a un colegio público con un crucifijo, una estrella de David y hasta un velo. Ni el Estado es nadie para imponer dioses ni tampoco para eliminarlos como forma de expresión personal.

Anónimo dijo...

En EEUU el Estado se configura a partir del pueblo, es reflejo de su ethos y por lo tanto de su religión, base de toda cultura, según Lord Acton. Es artificioso pensar que un Estado puede ser completamente independiente del pueblo del que ha surgido. En EEUU hay separación real de iglesia y Estado pero dudo que hoy por hoy un candidato que se declare públicamente ateo pueda llegar a ser presidente.

Anónimo dijo...

D. Santiago Navajas:

¿Está usted seguro de que Kubrick es antimilatarista en "La chaqueta metálica" y "Senderos de gloria"?

Para entendernos. De que ataca al Ejército y a sus componentes.

Me interesaría su respuesta.

Paisano.