Repitan conmigo: No todas las creencias son respetables. La frasecita se las trae, de acuerdo. En el límite apunta al totalitarismo platónico, en el que una casta de mandarines del conocimiento perfecto y absoluto decidirían qué debe enseñarse al resto de la sociedad.
Albert Esplugas,
en el otro límite, propone que ancha es Castilla, que cada cual de su capa un sayo y que si, por ejemplo, los indios americanos, creacionistas ellos, dicen que han estado en América desde el origen del mundo mientras que los arqueólogos dicen que llevan apenas unos 10.000 años pues que se respeten todos los puntos de vista en un "compromiso" político-epistemológico. Política anarquista, epistemología relativista.
¿Qué hace que una creencia sea
respetable? Los filósofos tradicionalmente han puesto el listón de la
respetabilidad muy alto.
Platón aducía la existencia de una mística facultad de intuición intelectual. Una, quizás la primera, de las muchas variantes del
cuento del traje del Emperador.
Descartes exigía que las creencias fuesen claras y evidentes. Pero al treintaytantos por ciento de los españoles les parece claro y evidente que el Sol es el que gira alrededor de la Tierra (no hay más que mirar el cielo en un día despejado para darse cuenta de que lo más claro y distinto puede resultar, ay, falso)
Pero desde
Galileo tenemos un método mucho más fiable para alcanzar creencias respetables. Se llama método hipotético-deductivo-experimental y aunque tiene limitaciones (según
Wittgenstein y la Escuela de Frankfurt es un método incapaz de decirnos nada relevante sobre los asuntos más importantes de la vida. Pero el vienés era otro místico y los frankfurtianos...) es la mejor manera de aproximarnos a la verdad. Además de sus limitaciones intrínsecas, tiene una dificultad añadida: choca con el sentido común, ese conjunto de prejuicios y modos de pensar innatos que conforman la sabiduría cotidiana (fíjense lo fácil que es comprender la validez del
modus ponens mientras que
con el modus tollens nuestro cerebro patina).
En su respuesta a
Eduardo Robredo, Albert plantea dos temas peliagudos. En primer lugar, la cuestión sobre la necesidad vital de la verdad. Es decir, plantea la pragmática cuestión de si es más importante la verdad o la vida. O, dicho de otro modo, si a la hora de elegir entre una verdad o una falsedad debemos elegir una u otra por su propio valor (en cuyo caso, claro, elegiríamos la verdad. Salvo que usted, como los
Rolling en su buena, por malvada, época
estén de parte de Satán) o bien deberíamos preguntarnos
nietzscheanamente por su valor vital (en cuyo caso la mentira ganaría en muchas situaciones).
Sobre esta cuestión no hay forma de decidir racionalmente y sólo cabe el recurso a la voluntad, al carácter. Como sostuvo
Popper, no hay forma de argumentar racionalmente a favor de la razón. Lo que cabe es dar un golpe en la mesa. Mi carácter, como el de Robredo, me lleva a apostar por la verdad... y
pereat mundus. Los científicos del cambio climático, sin embargo, se decidieron
según parece, por las mentirijillas convenientes. En este aspecto, soy pesimista. Creo que sí existe una diferencia entre la epistemología científica y la epistemología de la vida cotidiana, y que es duro, difícil y duele aproximarse a la primera alejándose de la segunda. Platón lo mostró magistralmente en su
relato de la caverna:

La otra cuestión peliaguda es la instrumentalización de la ciencia por el Estado. Por ejemplo, es patético como bajo la cobertura institucional del sistema educativo estatal español se enseña de forma dogmática lo que tiene que ver con el cambio climático (ver supra) o con los modelos pedagógicos y económicos, haciendo pasar por ciencia lo que no es más que ideología. Pero de ello no se sigue, como pretende Albert, que debamos apuntarnos a una epistemología relativista y "libertina", que pone a un mismo nivel el creacionismo y la selección natural, sino como apunta
Jorge Wagensberg refinar el sistema democrático para que funcione con criterios parecidos al sistema científico:
- objetividad
- inteligibilidad
- refutabilidad
Una encarnación de esta combinación metodológica la encontramos
en el juez británico que le paró los pies al gurú Gore. En la práctica, por tanto, tenemos que conseguir un sistema lo más fléxible y tolerante posible con las creencias
respetables de los individuos. Y creo que tanto el posicionamiento de Esplugas como el de Robledo tiene un punto de fuga liberal: un marco pedagógico lo más plural y diversificado posible, en el que por supuesto las familias tengan el derecho a educar a sus hijos en circuitos educativos ajenos a los establecidos (en España el duopolio educativo entre el Estado y la Iglesia católica resulta axfisiante) pero con unas pruebas universales de ámbito estatal que garanticen que por cualquier sistema elegido se garantice el derecho de los estudiantes a una metodología científica y a unos conocimientos básicos.
PD. La respuesta a la pregunta es: que todos ellos atacan la ciudadela de la racionalidad en nombre del relativismo.
El camino del relativismo está pavimentado con la mejor de las intenciones y la peor de las argumentaciones
Philip Kitcher