"Las ideas son menos interesantes que los seres humanos que las inventan" FranÇois Truffaut

domingo, enero 12, 2014

A propósito de Llewyn Davis (Joel y Ethan Coen, 2013)

Entre el Ulises de Homero y el Ulises de Joyce hay similitudes y diferencias pero en ambas obras se percibe sobre todo un afán de estilo.  En el viaje a través del mar del Ulises mediterráneo se percibe sobre todo que el héroe no puede perder.  En el trayecto a través de la ciudad del irlandés a fuer de judío Leopold Bloom sentimos que el antihérore no puede ganar.   A propósito de Llewyn Davis (Joel Coen y Ethan Coen, 2013), la odisea que describen los hermanos Coen combina la épica de un héroe y un antihéroe.  Del primero sabemos que pase lo que pase, ganará.  Es el gato, llamado, obviamente, Ulises. Del antihéroe sospechamos que irremediablemente perderá ante cíclopes y sirenas, que se ahogará tanto en Escila como en Caribdis. Es Llewyn Davis, un músico folk.

A propósito de Llewyn Davis va de música folk porque, no nos engañemos, la música folk es el escalón más bajo de la música, como le explica burlón el músico de jazz con el que comparte Davis una de las travesías.  Una guitarra, tres acordes, cinco pareados y un infinito de tristeza crepuscular y ya tienes un cantante folk.  Simple y deprimente, es el tipo de musiquita popular que para interpretarla no hace falta ni siquiera saber lenguaje musical (si los productores desean, Llewyn puede mover la cabeza como si leyera la partitura).  En el mejor de los casos, música de perdedores y para perdedores; en el peor, tonadilla pegadiza para encaramarse a los 40 principales, la música folk constituye la marca de fábrica de ese tarámbana mallafollá que es Llewyn Davis, el típico llorica que vive en el número 7, calle Melancolía, quiere mudarse al barrio de la Alegría pero que siempre que lo intenta ha salido ya el tranvía.


Precisamente de los múltiples intentos de Llewyn Davis para coger ese tranvía llamado Fama es de lo que nos hablan los hermanos Coen que, del mismo modo que Joyce en cierta forma puso en solfa a Homero, desmontan el mito del viaje por el viaje que creó Cavafis en Ítaca.  O al menos nublan lo que era el radiante día que planteaba el poeta griego.  En cierta forma, esta película es el reverso en clave de pesadilla norteamericana de aquella otra interpretación de los Coen de la Odisea, O Brother.


En A propósito de Llewyn Davis hace frío, mucho frío.  Como en Fargo (Joel Coen, 1996), el clima es un factor fundamental de los acontecimientos.  Quizás si viviera en las soleadas California o Florida, la vida de Llewyn hubiera sido distinta, quizás hubiese formado un grupo al estilo de los apolíneos Beach Boys…  Un frío representado en abrigos inexistentes, ventanas abiertas por las que se cuela una corriente con sabor a neumonía y unos calcetines empapados hasta el amanecer.  Un frío que representa una nostalgia infinita por el amigo que se suicidó, la mujer que te desprecia y, sobre todo, tu irresistible tendencia a abrir la bocaza y crearte enemigos. También es un factor fundamental la mala suerte.  Pero no lo mala suerte en plan superstición del karma o una redistribución injusta del azar.  No.  La mala suerte como consecuencia de esa mezcla de buenas intenciones y malas decisiones de las que está empedrado el infierno de los perdedores.



A propósito de Llewyn Davis constituye uno más en el mosaico de losers ejemplares con el que están jalonando una carrera de triunfadores los hermanos Coen.  Como Barton Fink, El hombre que nunca estuvo allí o Un tipo serio, A propósito de Llewyn Davis se despereza pausadamente pero no pesadamente con un humor sardónico, complejo y retorcido a través de una galería de personajes secundarios que en breves apariciones se convierten en inolvidables.  En especial, Carey Mulligan, una voz angelical envuelta en una mujer infernal.  Tan cabreada como la protagonista que interpreta nos podemos imaginar a la Penélope original, tras años de esperar a su marido, soportando a los pretendientes parásitos.



En la galería de los antihérores hay dos tipos.  Los falsos antihéroes, en el fondo triunfadores sólo que su carrera hacia el estrellato viene de más abajo, lo que significa que su odisea será todavía más espectacular.  Estos suelen ser los heroicos antihéroes para el tipo de personas que siguen queriendo tener modelos que seguir pero más a su altura, a sus posibilidades y expectativas. Digamos el Humphrey Bogart de Casablanca (Michael Curtiz, 1942).  Y luego están los auténticos antihéroes que ni quieren ni pueden convertirse en figura ejemplar para nadie.  Antipáticos y desagradables por naturaleza consiguen llegar, partiendo de la nada y con su solo esfuerzo, a alcanzar las más altas cotas de miseria (como la humanidad según Groucho Marx pero sin su brillantez para el caos.)  Pongamos el Humphrey Bogart de En un lugar solitario (Nicholas Ray, 1950).  A diferencia por ejemplo, del otro perdedor de la cartelera, el elegante y sofisticado Jep Gambardella (La gran belleza, Paolo Sorrentino, 2013), Llewyn Davis no resulta impostado y vacío.  Porque mientras La gran belleza es postureo a costa de la decadencia, A propósito Llewyn Davis es un tratado de la desolación y el viaje al fin de la noche resumido en una secuencia genial: esos segundos en los que Llewyn debe decidir si desviarse de la carretera para enfrentarse a un hecho de cierta densidad en su vida o si seguir viajando, es decir, huyendo.  Buen perdedor, mejor antihéroe, patán de triste figura encarnado en la mirada a punto de rendición de Oscar Isaac, la cámara sin aspavientos de los hermanos Coen consigue que durante dos horas la música folk suene como si se tratase de una ópera de Verdi. Cuestión de estilo.