"Las ideas son menos interesantes que los seres humanos que las inventan" FranÇois Truffaut

jueves, diciembre 16, 2004

Cineastas libertarianos I: Charles Chaplin, el rey "comunista."

Puede resultar sorprendente, pero ha sido en una película de Charles Chaplin en la que el credo anarco-capitalista se ha expresado de forma más vehemente. Si ha pasado desapercibido es porque se trata de la película maldita de Chaplin. Desde su estreno tardó quince años en estrenarse en los EE.UU. ya que se consideraba que era una película antiamericana. Nada más lejos de la realidad. Chaplin, inglés, amaba los Estados Unidos de América, un país que, como él mismo decía, le había dado todo. Una vez más se confundía la parte con el todo, porque lo que sí hace Chaplin en Un rey en Nueva York (1957) es una de las más demoledoras críticas que se han filmado jamás sobre una sistema político traicionado por sus mismos gobernantes, cuando mediante el miedo y el chantaje moral tratan de corromper a la ciudadanía y cambiar torticeramente los principios políticos del país.

No era la primera vez que hacía cine político. Ya había realizado El gran dictador (1940) en la que oponía su propio genio de humorista judío al pseudo-superhombre ario Hitler. En el combate entre la brutalidad y ingenio, el pequeño sátiro corroía hasta la médula los aires de grandeza del monstruo austriaco (como hizo aquel otro genio judío, Ernst Lubitch, en Ser o no ser). Fue último gran éxito. Posteriormente con Moinsieur Verdux (1947) y Candilejas (1952), ni el público ni la crítica perdonaron la incursión en el humor negro y reflexivo del primero ni en la reivindicación humorística de la vejez y el fracaso del segundo. Y lo que es peor, el Comité de Actividades Antiamericanas se fijó en él. Esa preocupación social, como en Tiempos modernos (1936), que había manifestado siempre en sus filmes, y que había hecho llorar de piedad a millones de espectadores en el mundo entero, ahora se interpretaba como un posible signo de infiltración propagandística comunista (sic). Al fin y la cabo, en La quimera del oro (1925) se había llegado a comer un zapato de pura hambre, y en El chico (1924) había reflejado la lucha por la supervivencia de un vagabundo y un crío rodeados de una riqueza a la que jamás llegarían.

¿Había intentado Chaplin burlarse del sueño americano que él mismo había disfrutado? Además de traidor, hipócrita. Fruto de la histeria que dominaba al país le fue retirado el pasaporte. Pero si no podía volver a EE.UU. en el mundo real sí que podía en el mundo de la ficción. Y si ya no podía ser más el vagabundo Charlot, la edad no perdona, volvería como Rey; un Rey sombra de lo que fue, ya que depuesto por una revolución (“una de las pequeñas inconveniencias de nuestro tiempo son las revoluciones” nos avisa un cartel mientras vemos como el “populacho” asalta las dependencias reales) llega a Nueva York.




Un rey en Nueva York era una película intempestiva. Aún lo es, si acaso con renovadas fuerzas. Deliberadamente arcaizante nació ya antigua, si entendemos el término como sinónimo de clásica, y por eso hoy resulta extraordinariamente moderna. Fue incomprensible para sus coetáneos pero ahora resulta entrañable, cercana a nosotros. Chaplin no deja títere con cabeza: abomina del rock-and-roll, de la intromisión de la televisión (incluso en la bañera y, claro, con limpiaparabrisas), de la demagogia publicitaria, del cinemascope, del whiskey (“una persona civilizada sólo bebe vino”), de los argumentos de teleculebrón. De la educación “progresista”. En su visita a un colegio a la moda, una “progressive school”, en la que se trata de “to develop a child’s individuality... on the theory that individuality and genius are cognate” (la tragicomedia educativa que asola España tiene aquí a su primer y mordaz crítico) y en la que lo único que está prohibido es prohibir (lo que les supone ser bombardeados al director y al Rey con canutos por parte de los alumnos sin que nadie se lo recrimine), Chaplin se encuentra con un el chaval prodigio de la escuela que está leyendo a Karl Marx (interpretado por su propio hijo Michael:

“Surely you’re not a communist?”
“Do I have to be a communist to read Karl Marx?”
“That’s a valid answer”

le responde el destronado Rey. A continuación van a iniciar una discusión política en el que el monarca se va a ver aplastado por la vehemente retórica anarco-capitalista del niño que, dedo-en-alto y mirada-iluminada-al-infinito, apenas le permite introducir alguna que otra interjeción:

I dislike all forms of government... I don’t like the word “rule”... Leadership in government is political power and political power is an official form of antagonizing the people… Politics are rules imposed upon the people… (But in this country rules are not imposed…) … Travel around a bit, then you’ll see how free they are… They have every man in a straighjacket and without a passport he can’t move a toe… In a free world they violate the natural rights of every citizen. They have become the weapons of political despots. If you don’t think as they think you’re deprived of your passport. To leave a country is like breaking out of jail. And to enter a country is like going through the eye of a needle. Am I free to travel? Only with a passport! Only with a passport! Do animals need passports? It’s inconguous that in this atomic age of speed we are shut in and shut out by passports... And free speech, does that exist? And free enterprise? Today it’s all monopoly. Can I go into the automobile business and compete? Not a chance! Can I go into the grocery business and compete? Not a chance! Monopoly is the menace of free enterprise.”

Una proclama genuinamente libertariana, individualista, constitucionalista, en la que se defiende el Estado de Derecho por encima de consideraciones utilitaristas y pragmáticas. Además una reivindicación de las libertades (de expresión, de empresa...), junto a un aviso contra los que intentan monopolizar el poder, político y económico, y a través de dicho monopolio incurrir en el abuso. Y eso en tiempos de los GAL, las Patriot Acts o los presos en Guantánamo nos lleva a pensar, en palabras del reciente Premio Juan Carlos I de Economía Xavier Sala i Martin que “la protección de los ciudadanos ante los abusos del estado es uno de los fundamentos de la democracia liberal y, al violar ese principio, Bush está desprestigiando al sistema de libertades de todo el mundo”.

Naturalmente es imposible reproducir la gracia, el savoir faire, lo que es capaz de comunicar Chaplin a través del silencio (“¿cuántos de nosotros saben gozar del silencio , esa gracia universal?”), la gestualidad, la música. Cómo a través de minúsculas pero complejas combinaciones un pequeño argumento se va desarrollando a través de los intersticios de las imágenes, para construir una historia apasionante de un hombre atrapado en sus contradicciones y miserias sin perder nunca la elegancia.

En la secuencia final Chaplin se vuelve a encontrar con el muchacho al que la Comisión de Actividades Norteamericanas ha roto moralmente al obligarle a convertirse en un chivato, revelando los nombres de los amigos de sus padres que pertenecían al Partido Comunista. El abrazo con el que el Rey destronado se funde con el pequeño anarcocapitalista expresa más que cientos de tratados de ética, demostrando cómo es posible pensar a través de la imagen.

Decía Chaplin que “Yo no soy un político; creo en la libertad. Esa es toda mi política.” Una paradojica manera de expresar la esencia del liberalismo.



PD. El Corte Inglés tiene una oferta corleoneana, un 2 x 1 en la colección Chaplin

3 comentarios:

LouReedDesplazado dijo...

Yo soy de los que piensan que Chaplin ha sido sobrevalorado. En general pasa con todos los mitos del cine. Siempre he considerado a Buster Keaton muy superior cineasta y humorista. Chaplin abusó de los efectos melancolicos y de la lágrima fácil (en alguna medida, Garci hace lo mismo).
Sobre el antiamericanismo supuesto, la verdad es que el pequeño hombrecito se manifestó algo izquierdista en la maldita era de McCarthy. No eran tiempos para posicionarse a la izquierda y acabó marchándose de USA.
Hay una canción de Lou Reed, ese otro libertarian neoyorkino, que, además de ser maravillosa, tiene una letra que viene al caso. Se titula City Lights:

"Se supone que somos un país de libertad
y que esas luces de la ciudad han de brillar para siempre
pero aquel pequeño vagabundo apoyado en la farola de
aquella esquina
cuando se fue, en realidad se fue para siempre".

Saludos.

Libertariano dijo...

Disiento Lou. Los españoles siempre tan maniqueos ;-) ¿Hay que elegir entre Joselito y Belmonte, entre Lorca o Cernuda, Quevedo o Góngora, el gordo o el flaco, papá o mamá? Chaplin y Keaton son dos monstruos, tan diferentes y tan distintos.

Los considero fundamentales y complementarios. Obras maestras son Tiempos Modernos y El maquinista...

Por otro lado Chaplin era sentimental. Cierto. Y el marqués de Bradomín ¿y qué? Pero realizo la comedia negra más negra de la historia del cine, ese maravilloso y orsonwellsiano "Moinsieur Verdoux" que si no has visto te recomiendo que salgas corriendo a comprarlo. Ácido sulfúrico combinado con vitriolo.

Saludos

Anónimo dijo...

monsieur verdoux no es muy buena la verdad...Chaplin esta, podriamos decir, sobreactuado, gesticula demasiado como en una peli muda. Esta hecha para su propio lucimiento y la historia queda un poco dejada de lado. Creo que se le podía haber sacado más partido al guión. Bueno es mi humilde opinión la he visto hace nada en Digital plus.