"Las ideas son menos interesantes que los seres humanos que las inventan" FranÇois Truffaut

viernes, noviembre 14, 2014

Interstellar, la filosofía



Interstellar, la última de Nolan, se ha hecho famosa más bien por el batiburrillo científico que constituye su armazón, de la mecánica cuántica a la relatividad pasando por los agujeros negros y los viajes en el tiempo. Pero como suele suceder en la ci-fi, lo científico no es más que una excusa para lo filosófico.  En este caso, fundamentalmente la Tierra, la ejemplaridad, la mortalidad y la familia como núcleo de lo social humano.  Todo ello envuelto en una grandiosidad enfática más cercana a la espiritualidad rocambolesca de El árbol de la vida de Terrence Malick que a la abstracción analítica de Kubrick en 2001, al pseudomisticismo de Prometheus que a la alegoría psicoanalítica de Planeta prohibido.

La Tierra es un planeta en el que hay mucha más agua que tierra.  La denominación apunta a nuestro natural especismo, esa comprensible manía antropomórfica que nos hace pensar en el planeta como una propiedad privada puesta a nombre de la humanidad.  Sin embargo, al mismo tiempo que sentimos que es "nuestra" también percibimos que hay algo absolutamente heterógeneo y extraño en ella.  Nos creemos su dueños pero, por otra parte, sentimos que una irreductible resistencia cuelga como una espada de Damocles sobre nuestra cabeza.  Que es nuestro hogar pero también nuestro verdugo.  Interstellar, como ya ocurriera en El incidente (Shyamalan), revela, a través de gigantescas olas de polvo y plagas vegetales, que cuanto más tecnológicos nos volvemos menos a gusto nos encontramos en la physis.  El protagonista interpretado por Matthew McCnaughey es un ingeniero mientras que su hija (Jessica Chastain) será la física encargada de resolver la mítica incompatibilidad entre la cuántica y la relatividad.  Y de todos los personajes de la película, el más fiable es una máquina, un robot que satisfaría de sobra el test de Turing (a diferencia de muchos humanos, ya que parece ser más humano que los propios humanos).  Como en el caso de 2001 con HAL 9000, el sueño asimoviano de que el mejor amigo del hombre sea un robot se muestra una vez más como la utopía mecanicista perfecta.  Interstellar acierta, involuntariamente, al mostrar cómo desde la revolución de Internet la ingeniería se ha convertido en la reina suprema del conocimiento, mientras que la ciencia ha devenido secundaria.  Antes los científicos pensaban y los ingenieros iban a rebufo a ver lo que podían sacar de las teorías e hipótesis.  La serie Manhattan (sobre el proyecto científico-militar para construir una bomba atómica) es ejemplar al mostrar dicho proceso -con la filosofía completamente despreciada en su "locura" por plantear fines trascendentes-, cuando los científicos eran los amos del ser y del pensar.  Pero a partir de Internet y la eclosión tecnológica, primero se inventa y luego se pregunta.  Los científicos además, como antes los filósofos, resultan ser sospechosos por demasiado reflexivos frente a la ingenuidad y espontaneidad del ingeniero, menos intelectual y más sentimental.  En cierto modo, la reinvención de la humanidad que plantea Interstellar nos devuelve al estado mental de nuestros antepasados prehistóricos de las industrias líticas.






Lo que revela Interstellar no es sólo la incomodidad porque la Tierra se nos hace pequeña a pasos agigantados sino sobre todo la angustia existencial de que cada vez nos sentimos más extraños en nuestra propia casa debido a la tecnologización progresiva de nuestra estar-en-el-mundo.  Ser o no ser... terráqueo, esa va siendo la hamletiana cuestión.  En el cartel promocional se apunta esta visión cuando el letrero sobre una casa estilo Hopper nos dice "La respuesta está sobre nosotros".  Hubo un tiempo en el que la respuesta estaba en nuestro interior (como nos decían Ápolo y Sócrates, del conócete a ti mismo a una vida no examinada no merece ser vivida), "ahí fuera" (como buscaba el agente Mulder en Expediente X) o, incluso, en el viento.  Ahora, sin embargo, estamos alienados a nosotros mismos y la misma tierra, imposible de domesticar mediante la tecnología, nos resulta el último y radical Otro.  Somos viajeros espaciales pero no como turistas accidentales del vacío sino exiliados de la misma condición humana, convertidos en androides, robots, máquinas.





Plantea también Interstellar el paradigma platónico del gobierno de los sabios que, por supuesto, en este caso son los científicos y los técnicos que gracias a su saber para la supervivencia controlan de facto desde la NASA el gobierno planetario.  A través de la paternalista figura de Michael Caine, la casta físico-tecnológica domina a la humanidad para lo que no duda en emplear la mentira y la ocultación porque se consideran los únicos que pueden gestionar la información con rigor y responsabilidad.  Esta dictadura tecnológica parece ejemplar en sus figuras más importantes pero también se revela que, al mismo tiempo, son débiles y egoístas.  Por decirlo a la manera de Divergente, la facción de Erudición no tiene un átomo de la integridad moral de Abnegación. La entronización del homo tecnologicus se manifiesta también en el último refugio galáctico de la especie humana, un nave espacial que simula una granja pero en la que todo es un simulacro, más parecido a un campo de golf (de reeducación, de concentración) que a la naturaleza, ya domesticada (el jardín como superación (destrucción) de la selva).  Al revés que Wall-e, el Interstellar de Nolan publicita una degradación tecnológica, apoltronada y superficial, de lo humano en el futuro.






Lo peor de la película es el tratamiento al conflicto familiar, el auténtico núcleo moral de la película.  En una secuencia de la primera parte una profesora de instituto se decanta por la censura políticamente correcta en contra de la verdad, en cuanto que podría ser dolorosa y difícil.  Sin embargo, Nolan filma de una manera equivalente a la pacata maestra, actuando como un trilero cinematográfico en el que las diversas piruetas argumentales y arbitrarios giros de guión, excusados por ese nuevo Deus ex machina que es la mecánica cuántica, sustituyen a una planteamiento serio y riguroso aunque no sea "cinematográficamente correcto". Enfática y sentimentaloide en este caso aparece en todo su esplendor el tópico, empalagoso y previsible tratamiento superficial de "Hollywood" a eso que llaman amor.  El discurso irracionalista de la astronauta interpretada por Anna Hathaway para justificar una decisión egoísta enlaza paradójicamente con la misma decisión tomada por el eminente científico interpretado por Matt Damon por debilidad (o preferencia patológica por sí mismo).  La estilización abstracta del tratamiento que le dio Kubrick a la cuestión en 2001 contrasta fuertemente con la debacle waltdisneyana en la que se hunde Nolan hasta llegar al clímax ridículo de un bucle temporal que hace que personas de generaciones diferentes se encuentren en planos de tiempo convergentes.  Mientras que en la distopía de Divergente se nos advierte contra una intelectualización de la sociedad que nos llevase a considerar que "La facción está por delante y por encima de la familia" -es decir, donde lo colectivo prime sobre lo individual- en Interstellar Nolan hace una defensa explícita de lo contrario: una visión cálida de lo humano centrado en lo familiar como núcleo del hecho humano básico.  Tesis con la que estoy de acuerdo pero que realiza  de una manera superficial y simplista, infantiloide y cinematográficamente tramposa. Línea de diálogo pronunciada por Anne Hathaway, especialista en personajes dickensianos al borde de un ataque de cursilería:


"Love is the one thing that transcends time and space."




PD.



4 comentarios:

Antonio dijo...

Pues lo que nos enseña de por sí la naturaleza, que sólo habremos de vivir la verdadera vida cuando hayamos salido de este mundo, eso mismo es dogma cristiano y fundamento de la razón y de todo el ser de la religión. Pues que Dios no creó al hombre para estas cosas frágiles y perecederas, sino para las celestiales y eternas, dándonos la tierra como lugar de exilio y no de residencia permanente.

- Rerum novarum, León XIII, 15-mayo-1891

Gonsaulo Magno dijo...

Creo que olvida en parte comentar ese intento de heroísmo (muy americano por otro lado) de la salvación de la Humanidad antes que al individuo, que, simplificado podría ser el dilema "yo vs la comunidad", base de no pocos debates en filosofía y teoría política.

En cualquier caso, me parece acertada su crítica.

Un saludo

Santiago Navajas dijo...

Gracias por las sugerencias! Tomo nota de vuestras reflexiones.

Marta Pastor Hernández dijo...

Las cuestiones éticas no las ha planteado la ciencia, hemos sido nosotros. Hay interrogantes que la astrofísica no puede asumir...