"Las ideas son menos interesantes que los seres humanos que las inventan" FranÇois Truffaut

lunes, julio 25, 2005

El verano de Yasujiro Ozu

Yasujiro Ozu pensaba que su cine sería poco entendible en Occidente. Sin embargo es actualmente uno de los cineastas de culto más globalizado. A primera vista sus películas superficialmente simples causan una gran extrañeza. Se perciben como si algo estuviera mal, de manera similar a cuando se mira una fotografía levemente desenfocada y en un primer momento no se está seguro si es la imagen en sí o uno mismo lo que no acaba de estar bien en la percepción. Y procedemos en primer lugar a entrecerrar los párpados o limpiar las gafas.

En el caso de Ozu la extrañeza viene dada porque usa las reglas tradicionales pero volviéndolas del revés. Usa los convencionalismos cinematográficos pero de manera inversa. Como si respetase las reglas del tráfico pero parándose ante un semaforo en verde. Así las posiciones de los personajes en pantalla, de izquierda a derecha, de repente se invierten, y los personajes que estén a la derecha en un plano estarán a la izquierda en el siguiente.








Por otro lado Ozu no siempre filma la acción principal, sino que la deja fuera de campo, con unas elipsis que incentivan la imaginación del espectador, que ha de ser tremedamente activo aunque el ritmo de la película parezca ser tremendamente pausado. En lugar de filmar "lo importante" nos presenta acontecimientos que guardan una relación indirecta con lo fundamental, o bien que nos transmiten una sensación relacionada.



El rasgo formal más evidente de sus películas, lo bajo que colocaba la cámara, a la altura de las rodillas, también resulta extraño ya que la norma estándar es colocar la cámara a la altura de los ojos. Esa perspectiva de niño o de animal doméstico resulta ser coherente con la visión intimista de Ozu respecto a los asuntos que trata, fundamentalmente centrados en la familia, sus relaciones de amor y los conflictos de interés que en su seno se desarrollan. Gran parte de sus películas se podrían titular “Padres e hijos”



Ozu pensaba que no sería un cineasta susceptible de ser globalizado debido a su “japoneidad”. Pero por debajo del retrato costumbrista de la sociedad japonesa Ozu a través de su personalísimo estilo, esa libertad con la que subvierte las normas del género, refleja lo que podríamos denominar la unidad psíquica de la especie humana relativa al sistema de parentesco. Más acá de sus kimonos, las ceremonias del té y el hablar pausado y respetuoso, los problemas que trata podrían ser los mismos que en una vociferante telenovela venezolana o en un melodrama furibundo de cualquier alemán exiliado en Hollywood.

Antonio Santos en la excelente monografía que acaba de publicar sobre el cineasta japonés, del que es uno de los más grandes expertos a nivel mundial, lo retrata con precisión:

Cineasta humilde, sin vocación de artista ni afanes de descubridor, fue al tiempo, como buen profesional de su oficio, muy consciente de la singularidad de su estilo: un autor sin pretensiones de serlo; un creador que se tiene por artesano consagrado a la práctica de artes menores... no hay que olvidar que realizó toda su obra dentro de la disciplina férrea de los estudios cinematográficos japoneses... que condicionaron poderosamente su trabajo. En consecuencia, todas las especulaciones formales que Ozu quisiera plantear debian acomodarse a las directrices del productor, y debían ser justificadas por el rendimiento en taquilla


Santos termina el párrafo admirándose del “ejemplo insólito de cine que reconcilia lo popular con la experimentación y con las especulaciones formales”, una afirmación que no se corresponde con la realidad ya que, frente a la dicotomía que se pretende establecer como una confrontación entre las masas y la élite, en la corta historia cinematográfica suelen ser más abundantes los ejemplos de éxito popular asociado a propuestas arriesgadas que lo contrario. Así contra lo que suele creerse la Nouvelle Vague tuvo desde el principio un apoyo popular, por no hablar de los consagrados norteamericanos por parte del público que sólo después fueron admitidos en el panteón de los ilustres por parte de la élite crítica.

Nada mejor que un largo y cálido verano para disfrutar de las películas editadas de Ozu en nuestro país, acompañadas por los comentarios y reflexiones de Santos.

5 comentarios:

LouReedCensored dijo...

Sólo conseguí ver "Cuentos de Tokyo" y otra que no recuerdo el título, en color, sobre la vida de unos niños japoneses, entre divertida y curiosa, que debió recibir algunos premios en los años 60. Sin embargo, es Mizoguchi quien realmente me ha interesado. Hace ya algunos años pude ver unas siete películas en la Filmoteca. Creo sinceramente que "Cuentos de la luna pálida de Agosto" (Ugetsu monogatari) debería ser de obligada visión para todo el mundo. Este film lo tengo entre los cinco primeros, junto a "Ordet" o "Ciudadano Kane".
Volviendo a Ozu, "Cuentos de Tokio" es deliberadamente pausada. Su cámara queda fijada a media altura y compone sus cuadros costumbrista con los personajes sentados en el tatami mientras charlan sobre asunto aparentemente intrascendentes. Ese no mover la cámara me resulta una contradicción con el arte del cinematógrafo. Quizás estemos ante un autor genuinamente del mudo que no supo o no quiso adaptarse al cine parlante, como Kenzi Mizoguchi, Dreyer, o Ford. Oliveira sería un ejemplo Ozu.

Libertariano dijo...

Mizoguchi es perfectamente complementario a Ozu, no su sustitutivo y mucho menos su contradicción.

Los movimientos de cámara de Mizoguchi son fastuosos, comparables en elegacia a los Ophuls y en virtuosidad a los de Welles.

Ozu, es otra cosa. Si acaso más díficil. Es la filmación de la quietud, que como indicas parece algo inconcebible en el cine, pero que realmente llega a lo más íntimo de él.

Citas a Dreyer, pero con Ordet, y no te quiero decir con Gertrud (que en Madrid tienen la oportunidad de disfrutar en pantalla grande), pero su forma de filmar es más similar a la de Ozu que a Mizoguchi. De hecho el plano de la ropa tendida lo he puesto pensando en él, y las sabanas al viento de Ordet.

Esa forma de filmar lo que no se ve es uno de los grandes méritos de Ozu, un cineasta fundamental para los "místicos" de cine como Erice.

Una sesión doble con Ozu y Mizoguchi es una gozada triple. De postre, Ran.

Libertariano dijo...

Me olvidaba, Antonio Santos también tiene en Cátedra un libro sobre Mizoguchi.

De postre también vale El verano de Kikujiro de Kitano, otro homenaje a Ozu

LouReedCensored dijo...

Si fuera una cena ligerita, pondría de postre "Los cuentos" de Kurosawa, sobre todo el cuento en que se mete en un cuadro de Van Gogh. Uff, qué hermoso cuento! Qué forma de poner en movimiento la imágen que captó el genial pintor. Ese campo de trigo/oro del holandés visto por un japo, es algo demasiado para nuestros ojos.

¿Para cuando un "Cine y Gastronomía"?

jiang dijo...

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